No se envuelve para regalo

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Este artículo está dedicado a ti, sí, a ti. Al padre perfecto. Al tito preferido y al padrino más guay. No sé por qué, pero al pensar en estas cosas sólo se me ocurre hablar en masculino, las meteduras de pata suelen ser más propias de hombres. Ya lo sé: el niño o la niña de vuestros desvelos quiere un perro. Todos lo quieren. Un cachorro bonito y de marca, como el del anuncio de Scottex. Nada de un chucho de la perrera. Con la mirada pura, un ladrido flojito, divertido, y un moño colorado al llegar sobre tus brazos la mañana de Reyes. “¡Papá/tito/padrino, te quiero! (Besos y abrazos). Eres el mejor papá/tito/padrino del mundo”.

De momento, todo es maravilloso. Has aceptado de buena gana poner la pasta para sacarlo de la tienda de animales, con su pedigrí certificado; las vacunas, la pastilla para los parásitos, etc. Los niños están todavía de vacaciones, lo sacan a la calle y todo el mundo dice lo gracioso que es. Felicidad en la familia a la que ha llegado un nuevo miembro. Pero vuelve el cole y el trabajo, la rutina y los deberes. El animal crece. La primera vez que se orina en el quicio de la puerta o mordisquea las cortinas ya empieza a no ser divertido. No digamos cuando vomita en el mármol y se queda marcado. Con el sofoco se te escapa el primer palo. Vivís en un piso pequeño, y hay que sacarlo como mínimo tres veces al día, llueva o abrase el terral. Necesita buenos piensos, cuidados veterinarios y, sobre todo, una educación que cuesta horas de esfuerzo y tiempo, ese que realmente no tienes ni para dedicar a los hijos.

El perro no se comporta bien, porque tú, papá/tito/padrino perfecto, no has hecho lo que debías hacer. Ladra en exceso y molesta a los vecinos; se mea donde le da la gana, incluso ha llegado a morderte. Te tiene miedo, porque lo único que sabes hacer es reprenderlo a voces y a golpes. Se pega la mayor parte del tiempo encerrado en el lavadero o en la terraza. Triste y solo. Llegan las vacaciones, te quieres ir de viaje y no encuentras con quién dejarlo.

Con demasiada frecuencia, el final para lo que fue un cachorro maravilloso será la perrera municipal, con muchas posibilidades de ser sacrificado; la cuneta y el abandono, con una muerte tan cruel como segura. En el mejor de los casos, llegará a la Protectora, completamente saturada, sin espacio ni recursos ni adopciones suficientes. Todo porque tú, padre/tito/padrino perfecto, has sido incapaz de ser consecuente con tus actos. Si estás a punto de hacerlo, piensa primero en esto: a la familia no se la envuelve para regalo.

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