Intruso del Norte

Como que no nos enteramos

En este mundo interconectado se muere y se mata y se abusa del débil

JESÚS NIETO JURADO

Piensa por un momento en las noches en el Estrecho de Gibraltar, o en esas aguas de nadie entre Lbia e Italia. A la hora en que las estrellas son más claras, la noche más negra y el silencio más atroz. El frío y el miedo, que en esas latitudes son una y la misma cosa. Piensa también en la flotabilidad del cayuco y en los rostros graves, silenciosos, de quienes han intentado dar el salto a la vida -a lo que conocen como vida- en una noche de luna.

Frente a nuestras cuatro esquinas cotidianas, en ese horizonte hoy más azul que ayer, en esa pátina de agua se esconde todo un cementerio. Lo pasado con Archidona y la reclusión de los inmigrantes ilustra, verdaderamente, el infantilismo de esta sociedad que no quiere darse cuenta de que la muerte y el hambre llegan. Sí. Navegando a la deriva y de un día para otro. En estos días de consumo desaforado y en las previas de la Navidad, conviene ir pensando en el ser humano, y no tanto en estas banderías que a la luz de lo visto en Cataluña están aquí para marearnos con el vacío.

Muchas veces la lectura del periódico nos da el reverso de nuestra propia condición. Los periódicos nos hablan de nosotros mismos. No tratamos al hermano en la orilla y dejamos que sufra. Probablemente ahora, en estos días que se acercan, saquemos a muscular brevemente las conciencias. Porque se nos dice que hay que ganar el cielo o el Belén en ese trozo de calendario que va del puente de la Inmaculada al día de Reyes. Pero en el mundo más cercano, en las costas de Alborán y en las celdas de aquí al ladito, se pasa mal. A pesar de que el frío aún no haya llegado, queda claro que vamos negándole el pan y la sal al hermano y al diferente. Lo hacemos sin darnos cuenta, claro. Nuestra miopía nos impide mirar el dolor ajeno, y ahí sí que sí hay que hacérselo mirar. Lo escribió brillantemente Astorga en su columna: «Se trata de volver a sacudirnos de una peligrosa indiferencia antes de que la inmigración resbale del todo en la conciencia social. A la oleada de pateras que trae la mar en calma le ha seguido casi una indiferencia general, la sequía de ideas del Gobierno y la falsa sensación de que basta con los hombres y mujeres de Salvamento Marítimo, de la Guardia Civil, la Policía Nacional y de los voluntarios de Cruz Roja para la emergencia diaria».

Insisto en que quedan días que apelarán a los más nobles sentimientos, probablemente para que nos vendan un seguro o un teléfono bajo un fondo nevado. Pero que la realidad no nos haga olvidar el verdadero estado de la cuestión: en este mundo interconectado se muere y se mata y se abusa del débil. Otra cosa es que por higiene mental queramos hacer como que no nos enteramos. Ahí, en enterarnos del horror próximo, está el único flotador para salvarnos como Humanidad.

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