Empresarios al poder

DIEGO CARCEDO

El declive universal de los partidos políticos tradicionales está propiciando que sean los empresarios los que tomen el relevo y asuman personalmente el poder. Y por vías estrictamente democráticas. Habrá quien responda que el poder siempre fue de quienes manejan el dinero pero actualmente más que tenerlo y usarlo para imponer sus intereses, son empresarios y no políticos profesionales los que se están encargando de gestionarlo. El último ejemplo, de momento, viene de Chile, donde Sebastián Piñera ha recuperado la Presidencia, que ya ostentó hasta 2014 y después de cuatro años de Administración socialista.

Piñera es un empresario de ideas liberales que durante su mandato consiguió disipar muchos de los temores que despertaba su compromiso con la tradición conservadora que en Chile siempre había mostrado muy poca preocupación por los derechos de los trabajadores. Gobernó desde los principios de la derecha pero con gran respeto por las libertades e intentando ser presidente de todos los chilenos. No se puede decir que lo haya conseguido pero superó el mandato con dignidad y sin enemigos acérrimos.

Es sin duda lo que en las elecciones del domingo le proporcionó un triunfo contundente frente al periodista Alejandro Guillier quien, a pesar de su carisma y buena imagen, no consiguió aglutinar a una izquierda desintegrada y carente de pragmatismo. La victoria de Piñera fue ya bastante pionera en el 2010, cuando sólo Berlusconi en Italia había saltado de la empresa a la política con buen resultado y sin pasar por ningún tipo de reciclaje ideológico. Ahora ya son más los ejemplos, y varios de ellos en los países vecinos.

Es el caso de Mauricio Macri en Argentina, que consiguió romper con la desgastaba alternancia entre peronistas y radicales, o el de Pedro Pablo Kuczynski en Perú, a quien precisamente estos días juzga el Parlamento por la corrupción en que hace años incurrieron sus empresas por él protegidas desde su posición de ministro. Pero el caso paradigmático por excelencia es el de Donald Trump, quien desde la prepotencia económica, partiendo de la imagen admirada de triunfador en los negocios, y valiéndose de mentiras que una parte de la sociedad norteamericana metabolizó logró lo que parecía imposible: la Presidencia de los Estados Unidos.

No es similar, y desde luego, pero de alguna forma también en Francia el declive de los partidos tradicionales de izquierdas y derechas ha abierto el acceso a la Presidencia a Emmanuel Macron. Macron carecía de un partido que le sustentase, tuvo que improvisarlo sobre la marcha, y su carrera profesional, si bien había hecho incursiones en la política como ministro socialista, la había desarrollada en la banca. Mientras tanto, en Europa el recurso a candidatos de carácter puramente técnico como alternativa a la falta de entendimiento y exceso de ceguera entre políticos y partidos cada vez se contempla más como un recurso para salir de las crisis.

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