Embajadores

Héctor Barbotta
HÉCTOR BARBOTTAMarbella

RESULTA inquietante, pero necesario, preguntarse por qué las críticas dirigidas al ministro del Interior, Juan Ignacio Zoido, y a su escudero, el director de la DGT, Gregorio Serrano, por permanecer en Sevilla mientras una nevada aislaba a cientos de conductores no se extendieron al ministro de Fomento, Iñigo de la Serna, que con competencias exclusivas sobre las autopistas permanecía en ese mismo momento en Santander. Todos estaban a la misma distancia de sus despachos en Madrid, sólo que los primeros se habían marchado al sur y el titular de Fomento lo había hecho hacia el norte.

La diferencia estriba en que en algún lugar de la cultura de este país permanece vivo el criterio que dictamina que si vas a Andalucía lo más probable es que sea para cachondeo, algo que no afecta a las ciudades del norte.

De todos los estereotipos que sobreviven con vigor en España, el del andaluz gracioso y divertido más proclive a la fiesta que al trabajo es uno de los más extendidos, lo que puede ser de cierta ayuda para vender algunos destinos turísticos pero que resulta terriblemente dañino, falaz e injusto para las millones de personas que se desloman trabajando todos los días al sur de Despeñaperros.

La fortaleza de este cliché en el imaginario colectivo hace que se convierta en un recurso fácil al que suelen recurrir políticos que en otros asuntos suelen chocar con dureza. Cuando se escucha que los andaluces se gastan en la taberna el dinero del PER, que sus niños son analfabetos o que la sanidad se la pagan los demás no es fácil discernir si la descalificación proviene del PP de Madrid o del nacionalismo catalán.

El problema es que quienes más deberían enfrentarse a este lugar común se empeñan en confirmarlo, como si estuvieran cómodos en ese rol subalterno e indigno en el que históricamente se ha pretendido colocar a esta tierra.

El ministro Zoido es uno de los que desempeña con más alegría el papel de simpático irresponsable. No sólo porque apenas nombrado se rodeó de los mismos colaboradores que lo acompañaron en su desastrosa gestión en el Ayuntamiento de Sevilla, con desprecio del criterio de idoneidad, sino sobre todo porque no hay semana en la que no se busque una excusa para organizar en viernes o en lunes una actividad que lo obligue a desplazarse a la capital andaluza, donde parece pasar más tiempo que en Madrid. Que se dejara ver en un palco de fútbol mientras los conductores se helaban con sus familias en mitad de la meseta describe con precisión cuáles son sus prioridades, qué entiende por responsabilidad y qué piensa de para qué está un ministro.

Con embajadores así, quién necesita difamadores.

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