La tribuna

Elogio y refutación de la diferencia

El caso de Cataluña es paradigmático. El levantamiento revolucionario de una parte de la población catalana en torno a un sentimiento identitario tiene connotaciones supremacistas

FEDERICO SORIGUERMédico y miembro de la Academia Malagueña de Ciencias

Agotados todos los demás, los sentimientos son los últimos argumentos de los independentistas catalanes. Necesito la independencia porque me siento diferente y porque siento pertenecer a un pueblo que es, también, diferente. Porque, si no fuera así, si no me sintiera diferente, ¿por qué y para qué diablos querría ser independiente? Así que esta es la nuez del separatismo. La diferencia. Y es este también el más intolerable moral y políticamente de todos los argumentos. Pues claro que eres diferente. Todos los somos. Lo somos biológicamente, no hay más que vernos las caras, y lo somos genéticamente, y menos mal porque en la diversidad genética está la clave de la supervivencia de cualquier especie. Pero eso es una cosa y otra muy distinta que, como ocurrió en la primera mitad del siglo XX, se fundamentaran sobre ella las políticas racistas que terminarían justificando el nazismo. Pero hoy ya sabemos que esta diferencia biológica es entre individuos no entre pueblos y que hay más diferencias genéticas entre dos, pongamos, catalanes tomados al azar que entre un aborigen y un catalán.

El genotipo ha derrotado al fenotipo. Pero agotada las razones biológicas de las diferencias, surge ahora la razón identitaria, basada en lo inefable,  convirtiendo a estas diferencias, de nuevo, en un derecho colectivo inalienable. Y es desde este supuesto derecho a la diferencia donde fundamentan en último extremo el derecho a la independencia. Precisamente una de las grandes conquistas de la Ilustración fue el descubrimiento del ‘individuo’. El ‘individuo’ es un invento liberal, como lo es todo el sistema de valores de los derechos humanos que son sobre todo los derechos de las personas tomadas una a una. Lo que es ya más dudoso es que exista algo así como una identidad colectiva inamovible que se transmitiría de generación en generación.

A lo largo de la historia ha existido una obsesión por encontrar el busilis de la identidad de los pueblos y si tienen alguna duda lean el reciente libro de Álvarez Junco y Gregorio de la Fuente (‘El relato nacional’) o ‘Las falsificaciones de la historia’ de Julio Caro Baroja. Estoy seguro que saldrán de ellos tan desconcertados como yo. Reconozco mi incapacidad para percibir estas diferencias colectivas.  He viajado mucho, como mucha gente de hoy, y  mi mayor placer cuando he llegado a un sitio era sentarme en un lugar público y ver a la gente pasar delante de mí. Al cabo de un rato se me ha olvidado dónde estaba, salvo que este lugar fuera de un país pobre o salvo que me hubiera equivocado de calle en Chicago o en Manhattan y, allí en estos barrios innombrables, la sensación era la misma que cuando alguna vez en Sevilla tenía que hacer las urgencias médicas en la barriada de las Tres Mil Viviendas. Y este ejemplo está tomado con intención porque lo más sorprendente de este reverdecimiento identitario ahora de corte emocional  es que ha contado con el apoyo de una izquierda que ha olvidado su razón de existir y agotadas «sus energías utópicas (Marian M. Bascuñan) se ha volcado en la lucha por los reconocimientos de las identidades culturales, desplazando su interés desde las diferencias económicas entre personas y pueblos hacia las diferencias culturales a veces reales, a veces nimias o inexistentes. Diferencias a las que había que azuzar o si es necesario reinventar con este discurso alternativo de la victimización cultural, sobrerrepresentando las especificidades antropológicas, étnicas, o culturales.

Frente al discurso histórico de la izquierda por  la igualdad, la nueva izquierda sentimental apuesta por una democracia ‘cultural’, frente a una democracia igualitaria y constitucional opta por la del ‘narcisismo de las pequeñas diferencias’, frente a un proyecto emancipador global toma partido por los localismos y las pequeñas diferencias.  Ya lo dijo Anna Gabriel el día 3 de octubre: «Somos independentistas internacionalistas» y ahí queda eso. No es sorprendente que esta izquierda desnortada, magistralmente representada en España por Podemos, esté frustrada políticamente. Se ha equivocado de ‘demos’ y en una democracia atinar con el ‘demos’ es la clave.

El caso de Cataluña es paradigmático. El levantamiento revolucionario de una parte de la población catalana en torno a un sentimiento identitario tiene connotaciones supremacistas. Algo intolerable incluso para esos independentistas de última hora, que han llegado a creerse que estas diferencias que se reclaman son neutras, lo que es un oxímoron, pues de ser cierto anularían toda la razón de ser de de esa diferencia. Pero, además, tiene connotaciones prepolíticas, pues están basadas en los sentimientos, un poderoso argumento que Goya dejó magistralmente representado en sus ‘Sueños de la razón’, unos argumentos entrañables tomados individualmente pero que ningún Estado de derecho puede reconocer como argumento político. Así que lo que negamos aquí es precisamente ese pretendido derecho político a la diferencia. Las diferencias identitarias forman parte de la razón de ser de los individuos pero no son razones políticas que identifiquen a un pueblo en un Estado democrático. Entre otras cosas porque no existe tal cosa como el pueblo.

Aceptar los derechos del pueblo catalán supone aceptar que tal cosa existe independiente de las personas que viven en Cataluña e independientemente de las personas que viven en el resto de España y de Europa. Y es esta, en mi opinión, la batalla que hay que dar a partir de ahora. Desmontar todo el falso tinglado conceptual que ha sido capaz de seducir a decenas de miles de personas, dispuestas hoy a cualquier cosa por legitimar mediante la independencia el sueño de la diferencia. Algo que es legítimo e imprescindible en cualquier persona que quiera ser autónoma, pero inaceptable cuando se ha intentado trasladar a todo un pueblo, pues los sueños no son material político. Cuando se ha intentado utilizarlos con fines políticos la historia, otra vez la historia, muestra que solo trae enfrentamientos entre los individuos, dolor y sufrimiento. Y eso es lo que nos espera por ahora.

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