Elogio del papel

El extranjero

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Ayer fue uno de los tres días al año en los que las rotativas de los periódicos dejaron de cumplir con su cita. Hace poco más de veinte años, en estas mismas páginas, escribí un artículo sobre lo que suponía ese silencio, el vacío de la redacción, las máquinas paradas. Un periódico convertido súbitamente en su negativo. Y de cómo el lector se sentía huérfano sin la tinta fresca que le traía la historia del mundo, de su ciudad, del último día. El mundo, y el periodismo que siempre va cosido a él, es otro. Aquel vacío informativo, apenas compensado por la radio o la televisión, ya no se produce. Las webs y las redes no dejan de funcionar ni de actualizarse en las pantallas de los ordenadores o los teléfonos inteligentes. Y sin embargo uno siente esa orfandad.

Poco importa que sean los mismos periodistas quienes hacen un periódico u otro, o que las mismas noticias del papel queden reflejadas en la pantalla. Uno queda puntualmente informado de lo que quiere. Y ese tal vez sea uno de los factores que lo hacen añorar el periódico tradicional en esos días huecos. Ya no es el contacto romántico con el papel ni el olor tamizado de la tinta que para algunos tanto se parece a un perfume. No. Es que cuando uno lee un periódico de papel, al tiempo que se encuentra con las secciones, las noticias o los columnistas que más le interesan, va descubriendo otras informaciones que en un principio no estaban entre sus objetivos pero que le despiertan la curiosidad o simplemente le muestran ventanas sobre el panorama que le rodea. Igual que cuando uno viaja en tren y descubre hermosos paisajes o ve fábricas y lejanos polígonos industriales en los extrarradios de las ciudades que va atravesando y que forman una parte incuestionable de la realidad. Tal vez nos sirva esa comparación, mirar un periódico en internet es como viajar en avión y leerlo en papel es más parecido a viajar en tren.

Eso sin mencionar que la disposición psicológica frente a un formato y otro es distinta. La pantalla invita al picoteo, a sobrevolar por encima de las noticias y a no leer en profundidad las informaciones. Por lo general, el lector del periódico tradicional está predispuesto a una morosidad mayor a la hora de leer y a sostener durante más tiempo su concentración y su dedicación a cada noticia del mismo modo que el lector de un libro tiene conciencia de que su lectura requerirá más tiempo que la de un periódico. Todo es complementario, pero difícilmente sustitutivo o intercambiable. Sí, en el digital y en el papel aparecerá el papa hablándonos de la vergüenza de haber perdido la vergüenza, a su lado, y sin que por eso quiera decir que el papa se refería a ellos, estarán Puigdemont anunciando que no renunciará ni claudicará y el jeque del Málaga actuando como un siniestro hombre invisible. Pero no será lo mismo.

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