Elgar y compañía

Por supuesto, no sabía contar chistes porque consistía en sus viñetas, que fueron la medicina de su eterna juventud

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Era de los cascarrabias entrañables casi con rango y rasgos de oficial británico de las colonias, un extraño malagueño parco en palabras pero casi inmorible con el 'rotring', ese bastón que le ha tenido en pie hasta los últimos años. Casi no veía, pero se resistía al final a dejar de dibujar. Lo hacía sobre una mesa en gran formato para luego reducirlos al folio. La vista no era un obstáculo para seguir como gran humorista, y el mal humor, un estado de afable mosqueo, siempre le resultó de gran ayuda para alejar sobre todo a los chistosos. De alguien que empieza a hacer chistes por orden del director de un periódico y se tira 70 años en primera línea sólo se puede pensar que es un personaje nacido para el chiste. Era de los grandes y, por supuesto, no sabía contar chistes porque consistía en sus viñetas, que fueron la medicina de su eterna juventud hasta que le llegaron las otras, cargadas de contraindicaciones. ¿Facha yo?, recuerdo que se me enfadó aquella tarde en su casa. La etiqueta se la ponían con muchas erratas a este niño de la guerra que se sentía republicano de derechas, católico sin atajos y obligado a flotar tras la guerra, una vez cruzado el Estrecho, cuando, como él decía, «el futuro no tenía futuro». Era la oscura posguerra, la tajada del miedo, el pan de maíz y los chistes en 'La Tarde' a diez pesetas la pieza. Allí estrenó paga y primera lucidez hasta llenar con su vida habitaciones enteras con cajas de dibujos que antes pasaron por el hipotálamo de varias generaciones de malagueños, y no a todos quería gustarle. No sabía contar chistes, sólo hacerlos; no sabía dibujar, pero a eso había que aplicarle lo que a Lola Flores, que no sabía cantar ni bailar, pero ni falta que le hacía. Que sus dibujos no eran gran cosa es lo mismo que debieron pensar los aprendices de Altamira que empezaron pintando para poder comer, pero no tuvieron quien les publicara. Andaba como ellos en el secreto extraño de un minimalismo universal, naif y profundo que convocaba a la fauna ibérica y malaguita, con un hilo sutil o con una maroma, que en la calle hay de todo. Era de la familia de los poco habladores que sólo ríen a carcajadas achinando la cara, de los que se asomaban tan en serio a la vida que no hicieron otra cosa que verla en broma en el abrir y cerrar de ojos de la viñeta. Lo hizo a diario hasta no hace tanto. A ese club de fieles del humor pertenecía Elgar, que fue funcionario de ocho a tres y arrancador de sonrisas por las tardes. Se ha ido un cronista de este país cabreado que cabe en un tebeo y donde los chuchos han perdido su mirada de inteligencia. Cuando la transición se presentó en bragas y la democracia se puso tanga todo se le volvió más divertido, pero nunca tanto como aquel día en que el titular 'Utrera Molina viene Málaga a despedir a un íntimo amigo' iba junto a su viñeta, donde alguien le dice al enfermo moribundo: ¡Alegra esa cara, hombre, que te voy a dar una medalla a título póstumo! El destino y Elgar se reían de las mismas cosas.

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