El mismo mar

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

Tras la masacre de Gaza los ciudadanos del mundo cada día tenemos menos razones para confiar en que las instituciones internacionales, creadas para detener la diplomacia basada en la fuerza y en la violencia, puedan superar las estrategias letales de los poderes hegemónicos. Habrá que repetirlo cuantas veces sean necesarias: el consenso entre las naciones, regulado por un derecho internacional voluntarista con unas instituciones-títere cuya única misión parece destinada a deglutir la consignación presupuestaria, ese derecho que supuestamente aboga por la negociación y la paz, ha demostrado ser papel mojado frente a algunas medidas unilaterales de los estados soberanos, que además de ilegales, no hay mejor ejemplo que este, provocan la desestabilización y abonan la tesis del terrorismo de estado, tan querida por los kamikazes del Daesh. Esto es lo que estos días presenciamos, atónitos, en las pantallas de televisión: cadáveres y más cadáveres de civiles palestinos a manos de un ejército entrenado para matar a un enemigo sin armas, salpimentado por un odio racial y religioso que luego se expresa absurda, cruel y sorpresivamente en las calles de Nueva York, Londres, París, Barcelona o Madrid. Si en la frontera con Israel los palestinos ponen sus cuerpos, y el de sus hijos, como escudos, que no han hecho, lo hemos sufrido en nuestras propias carnes, los islamistas radicales para incendiar y matar en las grandes urbes del llamado primer mundo. Ya sabemos por qué lo hacen, lo que no sabemos es cómo logran hacerlo, y si no lo sabemos, pero al menos lo intuimos, tampoco nos influye demasiado.

La hipócrita intervención, esta misma semana, de la representante del Gobierno de USA en la ONU, Nikky Haley, que tiene apellido de cometa con una ele de menos, asegurando que nada tiene que ver el traslado de la embajada estadounidense a Jerusalén con la revuelta palestina -aprovechando para cargar otra vez contra Irán, al que considera depositario real de los enfrentamientos crónicos que padece la zona- no es más que la superficie del relato elegido por la Administración del excéntrico Donald Trump, al que incluso la CIA hurta su clásico remedio, empleado con astucia contra JFK, y sin astucia, contra alguien tan conservador como Ronald Reagan. No cabe la menor duda de que se ha resucitado el falso equilibrio de poderes, la época de los conflictos localizados, en que rápidas intervenciones presenciales, a lo Henry Kissinger, provocaban respuestas previstas de antemano con el objetivo de trasladar al otro, siempre al otro, la carga de la prueba, y encima con el acicate del orden mundial como orden moral superior que siempre necesita invocar a un enemigo. Y no hay nada más insensato, dictó Séneca, que el ejercicio de la política incitando al enfrentamiento. Los embajadores de Netanyahu en Turquía, en Suráfrica e Irlanda -parece mentira, esta última apelando a la razón católica de respeto a la vida- han sido expulsados. Y la Unión Europea solo ha invocado contención, y nosotros, España, al que nos baña el mismo mar Mediterráneo, añadimos algo impensable: proporcionalidad.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos