Lo que no se ejercita

LORENZO SILVA

La última semana nos ha confrontado una y otra vez con el horror. En Elda, en Valencia, en Pamplona. La intensidad y las circunstancias varían, pero hay una constante que permanece: hombres que se convierten en depredadores, mujeres que de una u otra forma se convierten en sus presas, después de haber cometido el error de ponérseles a tiro. Todo acaba al final en crimen, acreditado o presunto; y es la administración de justicia la que tiene que dirimir, tarde y mal, lo que no se supo, no se quiso o simplemente no interesó impedir cuando aún era tiempo.

Una mujer tiroteada a la puerta del colegio de sus hijos, un bebé degollado por su padre, una chica sometida al desahogo grupal de una manada. Insistimos: en algunos casos (los dos primeros) se trata de conductas incuestionablemente delictivas; en otro (el tercero) todo está aún pendiente de juicio, y quienes se ven imputados por los hechos conservan por tanto la presunción de inocencia. Sin embargo, en todas estas historias, al margen de si resultan o no incursas en el Código Penal, aflora una misma pulsión, que deberíamos empezar a tomarnos en serio de una maldita vez: la de considerar a la mujer y su circunstancia como objeto supeditado al placer y la voluntad del varón o los varones actuantes, con desdén absoluto no sólo por la persona, sino por todo lo que tiene que ver con ella, hijos incluidos.

Las imágenes de estos hombres no dejan, en general, lugar a dudas. Queda claro qué es lo que han aprendido en la vida y lo que no; qué es lo que han ejercitado, en algún caso por exceso y hasta la saciedad, y lo que apenas han frecuentado ni ha llegado a formar parte relevante de sus existencias. Las responsabilidades son individuales e intransferibles, pero quienes vivimos en una sociedad deberíamos interrogarnos de vez en cuando sobre lo que colectivamente fomentamos y toleramos, por un lado; y lo que disuadimos y despreciamos, por otro. Herramientas cruciales para entender que el otro tiene una dignidad y poder hacerse cargo de ella, tales como la atención, la sensibilidad, la empatía, la reflexión o la capacidad de renuncia, jamás o muy rara vez se ponen en manos de muchas personas, a las que sin embargo, y desde que tienen uso de razón, se las invita por activa y por pasiva a reproducir y mimetizar comportamientos agresivos y primarios, de esos que producen el espectáculo y la adrenalina a los que mucha gente acaba reduciendo su horizonte vital.

Lo que no se ejercita difícilmente puede hacerse, cuando llega el momento en que es necesario. Lo que se ejercita de más, en cambio, acaba haciéndose incluso cuando no toca, a falta de una respuesta mejor. Y ahí estamos, de luto otra vez, lamentándonos otra vez: porque alguien no aprendió, porque no supimos enseñarle a evitarlo.

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