Educación, sólo eso

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

No parece que las declaraciones en SUR de Trinidad Hernández, jefa provincial de Tráfico, hayan aportado mucha luz a la regulación del uso de la bicicleta en la carretera. Al menos no en lo necesario, que es alcanzar un consenso sobre los modos de circulación de los distintos vehículos y su interrelación también con los peatones. Quizá porque en el discurso de la máxima responsable de la DGT en Málaga no haya más que una visión cortoplacista de un asunto que requiere luces largas. Entre otras cosas, porque como la propia Hernández reconoce, el uso de la bicicleta crece de manera exponencial mientras las infraestructuras y, lo que tiene más enjundia, la cultura vial de este país, siguen estancadas en los usos y costumbres de cuando nuestros abuelos llevaban el San Cristóbal en el salpicadero.

Cuando la jefa de la DGT pide controles sobre los conocimientos de circulación de los ciclistas pone el foco sólo en una de las partes implicadas y ahonda en el equivocado planteamiento de los dos frentes: el de los conductores y el de los usuarios de la bici. Error de libro si lo que se pretende es establecer unas reglas de juego comunes para una convivencia que aquí es nueva. Y tanto. Esto no es Holanda, ni Dinamarca. Aquí el metro y medio de separación no está en un imaginario colectivo donde el ciclista sigue siendo un actor secundario. Quizá eso explica la frecuencia con la que algunos conductores huyen tras llevarse por delante una bicicleta y una vida. Metáfora terriblemente vigente de la fuga de Alberto Closas y Lucía Bosé en la 'Muerte de un ciclista' de Bardem por la España de 1955.

En esto, como en tantas otras cosas, tenemos todo por aprender de nuestros vecinos europeos. No me imagino a un coche de gran cilindrada invadiendo el carril bici de Amsterdam, Aarhus o Kristiansand. Como tampoco a un conductor acelerando al aproximarse a un paso de cebra en Goteborg. Ni siquiera es verosímil pensar en un paisano plantado con su señora y el carrito del niño en plena radschnellweg alemana, como sucede aquí con asiduidad. No. Aquí la educación vial camina varios kilómetros por detrás de la del resto del continente. Y en este debate visceral tampoco se mira que los ciclistas son el extremo frágil frente a esa absurda mentalidad de combate con la que algunos conducen.

Porque tan incívico es el grupo de ciclistas que un domingo bloquean la calzada circulando en filas de a tres, como el conductor que se pasa por el arco del triunfo la distancia de seguridad reglamentaria entre coche y bicicleta; o ese peatón que sustituye las aceras por el carril bici para llegar a tiempo a la oficina.

A todos, en realidad, les une lo mismo: la falta de educación vial. En verdad, de educación, sin matices. Porque se trata sólo de eso.

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