El dulce encanto de las monarquías

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

El recibimiento que les ha dado Isabel II a nuestros Reyes Felipe y Letizia me ha parecido una forma de acercamiento en unas relaciones bilaterales algo chamuscadas por asuntos que trascienden la hermandad sagrada entre príncipes. Puede decirse que con esta visita el Rey de España se está ganando un sueldo que, por cierto, no es nada alto si lo comparamos con el de presidentes de algunas repúblicas más o menos bananeras que no son sólo privilegio latinoamericano, en Europa, sin ir más lejos, varios presidentes de repúblicas manejan un presupuesto que debería helar la sangre a sus ciudadanos. A pesar de que se argumenta hasta la extenuación que la institución monárquica en sí misma está desfasada, que la herencia no tiene nada que ver con la legitimidad democrática, que no hay refrendo que avale a los monarcas, debemos recordar que estos argumentos están pasados de moda, que las revoluciones inglesas (1640-1688) y francesa (1789) ya pusieron a los reyes en su sitio cercenando de cuajo sus testas coronadas. Luego vino el siglo XIX con sus románticas asonadas donde monarquías y revolucionarios prefirieron pactar y salvar del cadalso, por un lado, a la historia de sus respectivas naciones y, por otro lado, a la soberanía que está claro no viene de Dios. Entonces nacieron las monarquías constitucionales o parlamentarias, donde «el rey reina pero no gobierna», una fórmula capaz de unir tradición y progreso.

En España no hay muchos monárquicos. Hubo 'juancarlistas' cuando convenía, antes de destaparse los escándalos que en los últimos años afectaron al rey emérito, cuando era el monarca que desautorizó a Tejero, los años en que hasta la Seguridad Social funcionaba bien. Muy pocos se acordaban de que su dinastía fue entronizada por Felipe de Anjou en 1700, muy pocos querían acordarse de que su abuelo era Alfonso XIII, y en este último caso quizá fuera mejor. Pero el maximalismo es uno de los patrimonios patrios. Les confieso que no me extraña nada oír despotricar de los reyes actuales a señores a los que se les caía la baba cuando hace años Sofía y Juan Carlos les dirigían la palabra en esos calurosos salones de Oriente que dan al Campo del Moro. Lo he visto con mis propios ojos. Y es que para ser monárquico debe aportarse una cuantía invisible que viene de dentro, la misma que sentía Blondel hacia Ricardo Corazón de León, o los chuanes hacia Luis y Antonieta, para ser monárquico deben gustar los símbolos periclitados, respetar la Historia, la heráldica, y sobre todo creer en la excelencia de las puestas en escena. Por ese motivo a mí me ha encantado que la Horse Guard Parade haya hecho bien su trabajo, que hayan sonado ochenta y dos cañonazos de bienvenida, la comitiva en carroza por The Mall, el discurso en el Parlamento con el speaker hablando demasiado, y la cena espectacular con la familia Windsor al completo, más ciento cincuenta invitados, en Buckingham Palace.

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