El discurso y la calle

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Igual sólo son imaginaciones mías, pero tengo la triste sensación de que cuanto más se radicalizan los discursos oficiales y de determinados grupos de presión, más salvaje es el día a día en las calles, en las escuelas, en los institutos, en los centros de trabajo, en los bares. La realidad real y la realidad oficial siguen caminos opuestos, tú a Boston y yo a California.

Ahí está, por ejemplo, el lío de la 'portavoza' de Podemos. Hasta el editor de textos con que escribo estas líneas se empeña en cambiarme el 'palabro', y tengo que insistir para que lo deje estar. Frente a golpes mediáticos como los que nos tiene acostumbrado el club de la susodicha y otros por el estilo, habría que escuchar a los profesores, y no precisamente hablar de lenguaje, sino más bien de sociología empírica. A los patios de los colegios y de los institutos no llega la parafernalia del discurso político oficial, y lo que se escucha cada vez con más frecuencia está muy lejos de lo que se pretende conseguir. Lo que cuentan asusta: es cada vez más habitual que las chicas defiendan actitudes tales como que sus novios les controlen el móvil; se muestren celosos y posesivos; las vigilen; les exijan relaciones sexuales tempranas y sin protección... Porque, de lo contrario -eso llegan a afirmar- es que «no las quieren de verdad».

Frente a la parafernalia del #MeToo y las aberraciones habituales contra la lengua española, grandes capas de la sociedad siguen justificando los abusos y los malos tratos. Lo que es peor: las nuevas generaciones están involucionando en aspectos que se daban por superados en lo que respecta a los roles hombre/mujer. Frente al titular fácil y las corrientes neopuritanas que llegan desde Estados Unidos, mi admirado Juan Cano viene cada día a darnos con la realidad en las narices. En los últimos días ha habido varios casos de jóvenes que apenas superan la mayoría de edad, detenidos por cometer violaciones. De niños, denunciados por abusar sexualmente de otros. Por no hablar del cuartel militar donde presuntamente han drogado y abusado de una compañera soldado (que no soldada, palabra que en español todavía significa el salario del susodicho). Y todo eso, sin salir de Málaga.

Después de tantos años, ya está claro que la estrategia institucional ha fracasado, y sólo sirve para tapar la dura realidad con inútiles lavados de conciencia. Hace falta menos palabrería y más acción, para frenar un mal que está ahí, que va al alza y que causa a diario daños irreparables. Tanto buenismo yanqui y tanto hastag ñoño de Instagram no sirven para nada. Necesitamos menos discursos y más trabajo en la calle. O como habría dicho Emilio Botín: menos cuentos y más cuentas.

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