Disculpen las molestias

La obesidad como epidemia es un invento del siglo XX que coincide con los cambios en la vida cotidiana y en los valores políticos, morales y estéticos

Todos los medios, también SUR, se han hecho eco estos días del proyecto de Ley para la 'Promoción de una Vida Saludable y una Alimentación Equilibrada' (vulgo Ley andaluza contra la Obesidad). Hasta ahora han habido planes nacionales como la 'Estrategia NAOS' o autonómicos como el 'Plan Integral de Obesidad Infantil de Andalucía' y la pregunta varios años después de su implantación es ¿sirvieron para algo? Pues siento decirlo, pero la respuesta es que no para mucho.

Ante el fracaso de los planes la Administración da un nuevo paso adelante y lleva la lucha contra la obesidad al rango de una ley. Nada que objetar. Bienvenida sea. Pero, de nuevo, las dudas de su utilidad surgen cuando se lee lo que ha trascendido de ella. En primer lugar, ya desde su preámbulo, se minimiza el problema. Ojalá en Andalucía la prevalencia de obesidad en adultos fuera del 16,6%. Los dos estudios más recientes realizados en España, aunque con importantes diferencias entre sí, arrojan cifras muy superiores para Andalucía (>25% en el estudio Enrica) y entre el 30 y 35% en el estudio Di@bet.es). En segundo lugar, los objetivos contemplados son los habituales de los planes anteriores pero ahora, algunos de ellos, con carácter coercitivo al ser elevados a la categoría de ley. Los objetivos son muchos pero se pueden resumir en uno: conseguir que la gente coma menos y que gaste más energía. Se reproduce así el modelo mecanicista y biologicista con el que se viene abordando, hasta ahora sin éxito alguno, la pandemia de obesidad. Porque lo que nos vienen diciendo todos los grandes estudios realizados en los últimos años es que comer mal y hacer poco ejercicio son epifenómenos de otros determinantes que están en la base de la pirámide de causalidad. ¿Y cuáles son estos determinantes? En el estudio Pizarra, en el diagnóstico de Salud del Plan Municipal de Salud de Málaga, en el estudio Di@bet.es y en todos los estudios que se han hecho a nivel local o mundial, la probabilidad de que una persona llegue a ser obesa es mucho mayor si tiene solo estudios primarios que si los tiene superiores.

Pero el nivel de estudio es solo un marcador intermediario, fácil de medir. Detrás de él hay otros determinantes que son la madre de todas las batallas. El nivel económico y, sobre todo, el nivel de pobreza y de desigualdad de una comunidad son las variables que explican la mayor parte de las diferencias de prevalencia de obesidad entre poblaciones. Es lo que ocurre en España entre CC AA y es lo que ocurre en Europa entre estados, y es también lo que ocurre en el mundo. Por eso sorprende que en la ley contra la obesidad del Gobierno andaluz no se diga nada de este asunto. Y sorprende más viniendo de un gobierno socialista.

Naturalmente que los individuos tienen una parte de responsabilidad en su salud. La biología es arbitraria y no perdona. Pero cuando el asunto afecta a millones de personas y cuando las diferencias entre comunidades y dentro de la misma comunidad son tan importantes, los responsables políticos deberían de preguntarse el porqué. Esta ley va dirigida una vez más a cambiar los famosos estilos de vida, que es un término (si me permiten la expresión) reaccionario, en el sentido no político sino que a fuerza de utilizarlo ya nadie se da por aludido. Porque los estilos de vida son una mala traducción del término anglosajón 'life style', que llegado a las playas de nuestra cultura tiene más que ver con las costumbres y por tanto con la moral que con la salud. Así que, cuando los gobiernos quieren por ley cambiar los estilos de vida, en el fondo lo que pretenden es que los ciudadanos cambiemos la moral.

No es sorprendente que una y otra vez fracasen. Deben creer que es más fácil cambiar los hábitos con leyes que acabar con la incultura, la pobreza y la desigualdad. Pero las costumbres no son un asunto de la política mientras que la desigualdad sí. Y lo que ocurre entre países y CC AA, ocurre también en el interior de cada ciudad. ¿Sabe usted, lector, en qué barrio de Málaga hay un mayor número de personas obesas? Pues, exacto, lo ha acertado. Qué casualidad que sea en La Palma-La Palmilla. ¿De verdad creen nuestros políticos que una ley va a cambiar la prevalencias de obesidad en La Palma-La Palmilla y en todas Las Palmas-Las Palmillas de Andalucía? Ojalá me equivoque, pero La Palma-La Palmilla es solo un ejemplo, una metáfora de La Palma-La Palmilla que todos llevamos dentro.

Reducir sensiblemente la pobreza, reducir la desigualdad, reducir el paro, acabar con la deficiente instrucción pública, será la única manera de que la gente comience a preocuparse por su esquema corporal (no por su salud ni por su peso) y no en términos médicos sino en términos antropológicos. Siempre ha habido gordos, pero eran tan pocos que se convertían en figuras literarias (Sancho Panza, Mr. Pickwick, Falstaff, Oliver Hardy...). La obesidad como epidemia es un invento del siglo XX que coincide con los cambios en la vida cotidiana y en los valores políticos, morales y estéticos, propios del modelo de desarrollo capitalista e industrial de las sociedades occidentales primero y de todo el mundo después. Naturalmente para un gestor de la política es más fácil hacer una ley prohibiendo los donuts que solucionar la desigualdad. Pero como decía Sánchez Ferlosio, ya desde el título de uno de sus libros, si queremos cambiar el mundo tenemos -espero que me entiendan- que cambiar primero a sus dioses. Les pondré un ejemplo de un dios menor: una de las principales fábricas de obesos que tiene Andalucía es Canal Sur con su vulgaridad y su reiteración en los tópicos. Pero esta es ya otra historia.

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