La dignidad del 4D

Manuel Castillo
MANUEL CASTILLOMálaga

Hay que ir sacando del armario el sentido reivindicativo que como andaluces tenemos guardado desde hace 40 años, cuando dos millones de personas salieron a la calle con el simple objetivo de no ser menos que los demás. Aquel 4 de diciembre de 1977, Andalucía calló a aquellos que querían ser más y mejor que el resto para construir una España de dos velocidades.

En Andalucía, el sentimiento nacionalista nunca ha tenido un especial arraigo y el andalucismo ha deambulado entre el artificio y la necesidad política, porque los territorios siempre necesitan de un relato épico capaz de aglutinar aspiraciones y esperanzas.

A los andaluces siempre les ha unido mucho más la dignidad que el territorio, el hambre que el poder, con el aparente aire despreocupado que otorga la sabiduría frente a la impostura. Andalucía es la gran biblioteca de España, donde las grandes civilizaciones dejaron su impronta durante miles de años y cuyo legado se observa paseando por cualquier rincón de esta región y en el ADN de los andaluces.

Y el paso de griegos, romanos, fenicios, visigodos o musulmanes fue esculpiendo la personalidad de un pueblo erudito, listo, vivo, cuya historia no requiere de libros de texto para reinventarla. Andalucía vuelve cuando otros van, porque sabe de conquistas e invasiones, porque fue imperio y sus gentes sufrieron a príncipes, reyes y señoritos. Aquí, en Andalucía, muchos han venido para esquilmarla, como hicieron con la floreciente industria metalúrgica, que acabó en el País Vasco, o con la textil, que terminó en Barcelona.

España siempre miró Andalucía por encima del hombro, y cuando no lo hizo sólo fue cuando en Madrid mandaban gentes de aquí. Ocurrió con Cánovas y con González; y con un puñado de ministros que siempre han barrido para casa. Yo no tengo duda. De no ser así no habría habido tren de alta velocidad a Sevilla y luego a Málaga o un aeropuerto como el de la Costa del Sol.

Andalucía es la región, por contra, que mejor encaja en España. Quizá por ello está llamada a liderar la defensa de un modelo territorial solidario, en el que todos los españoles seamos iguales. Y es en esta tarea en la que todos los andaluces debemos empeñarnos como hicimos hace 40 años. Andalucía es de fiar y no debe admitir que desde Cataluña o el País Vasco o desde los gobiernos acomplejados de Madrid se rediseñe una España desigual a golpe de talonario y deslealtades.

El sistema de financiación autonómica es el principio de una larga batalla en la que Andalucía se juega mucho más que un presupuesto; se juega su dignidad. Y ahí, sin tantas banderas ni fronteras, es cuando los andaluces siempre dan la talla.

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