Dictadura de la mayoría

RAFAEL J. PÉREZ PALLARÉS

Ayer Domingo de Ramos comenzó la Semana Santa. Un tiempo precioso y preciado en el que se da cita todo un ingente número de figurantes y creyentes; de reflexiones, celebraciones y vivencias. Como en la época de Jesús de Nazaret mucha gente, de todo tipo y calaña, se congregan en las calles. Y en los templos. También en torno a la figura del Nazareno, de quien llegó a Jerusalén a sabiendas de que iba a ser aclamado para más tarde ser detenido y sentenciado a muerte.

En pleno domingo Jesús de Nazaret entraba en Jerusalén. En territorio de Poncio Pilato, el gobernador de perfil resolutivo. Se introduce en una ciudad gobernada políticamente por un tipo que no terminará de entender la insistencia y la presión que recibe para dictar la sentencia de muerte contra Jesús, el llamado Cristo. Poncio Pilato no es un monstruo de maldad. De hecho, buscará el modo de liberarlo. Pero tampoco es un gobernante que se ponga de mano del débil, del pequeño, de quien nadie defiende. Su corazón está dividido. También el de quien grita y pide la muerte de Jesús. En aquel momento, donde todos empujan en la misma dirección, Pilato está sometidos a la influencia de la muchedumbre. A la presión social. A lo políticamente correcto. Cede porque así lo piden los demás. Y así la justicia es pisoteada por las presiones, por miedo, por ignorancia. Porque se impone la mentalidad dominante. Porque el débil pierde en el pulso mantenido con el poder y la muchedumbre.

La sutil voz de la conciencia es sofocada por el grito de la masa, de la opinión pública. De quienes gritan. La indecisión y el respeto humano dan fuerza al mal. El Nazareno será condenado a muerte porque el miedo al qué dirán sofoca la voz de la conciencia. Sucede siempre así a lo largo de la historia: los inocentes son maltratados, condenados y asesinados porque otros lo piden o no los defienden. Demasiadas veces se prefiere el éxito a la verdad, la reputación a la justicia. Urge reforzar en la vida la sutil voz de la conciencia. Máxime en una sociedad donde impera lo políticamente correcto. Donde las ideologías y el postureo ahogan la voz de la verdad, en una dictadura sin precedentes. El vacío y la maldad del corazón fruto del poder, del egoísmo o la soberbia se evidencia dramática y aburridamente.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos