Días sin tregua

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

El domingo 1 de marzo de 1981 Enrique Castro González, popularmente conocido como Quini, o el Brujo del gol, o el Pichichi, por la cantidad de veces que se hizo merecedor del trofeo gijonés, cuando salía del Camp Nou, y después de haber jugado como glorioso delantero del Barça ante el Hércules C.F., en ese momento uno de los goleadores más importantes, fue secuestrado por tres jóvenes parados que querían llevarse una millonada pero que al final lo que consiguieron es pasar una temporada en la cárcel. Quini no sólo les perdonó, sino que posteriormente no les denunció ni aceptó ningún tipo de indemnización tras permanecer casi un mes en un zulo en Zaragoza, y aún más, a uno de ellos, que ahora llora desconsolado la pérdida de su antigua víctima, lo veía de vez en cuando y hasta llegó a facilitarle su teléfono. Así era Quini. Las reacciones ante el secuestro de la Parca, que siempre sale victoriosa, han sido unánimes. Aquellos que los conocieron coinciden en alabar al excepcional futbolista, pero sobre todo en comentar que Quini era una persona ponderada y educada, un hombre que nunca decía tacos y que firmaba autógrafos a todos los que se lo pedían, porque según declaró hace poco lo único que en realidad deseaba era «arrancar sonrisas»; en cuanto a su papel en el fútbol comentaba jocoso que «una cosa es ser el Brujo, como lo fui yo, y otra es hacer milagros, que es lo que hace el rosarino Messi».

Muchos de mis lectores de SUR se sorprenderán que aborde un tema del que no soy muy aficionado, como es el del deporte rey, en realidad, salvo la natación, la que practiqué con fruición en otra vida, no soy aficionado a ningún otro deporte. Me gustan, cómo no, los campeonatos mundiales, las Olimpiadas y las finales de la Copa del Rey o de la latinoamericana de Fútbol, pero no sigo con fervor las crisis millonarias de fichajes o las estrategias de los entrenadores, hoy héroes y mañana malditos. Pero con Quini he sentido una debilidad, quizá generacional, que excepcionalmente me ha ocurrido con el mítico Huracán del Málaga C.F. Sebastián Viberti, por cuestiones de doble nacionalidad y porque conocía a mi padre y estuve con él en más de una ocasión, y con Johan Cruyff, porque cuando llegué a España era el más grande del mundo, después de Pelé, hasta la brusca irrupción, cuatro más tarde, de otro compatriota: Diego Armando Maradona. Pero Quini me tocó de cerca por dos razones. La primera, por su secuestro en aquella semana crucial donde nos jugamos a una carta la hoy denostada democracia parlamentaria que Tejero quiso voltear por la fuerza; la segunda, porque años más tarde, en 2006, la historia novelada de ese secuestro se alzó ganadora de la primera edición del Premio Málaga de Novela. El autor fue el zaragozano Miguel Mena y la novela se llamó 'Días sin tregua', que eran los mismos que vivimos los españoles con el intento de pisotear nuestras conquistas y símbolos.

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