Dos días de octubre

Intruso del norte

Hemos sido consentidores fláccidos a la fuerza

JESÚS NIETO JURADO

Un bar animado. Al sol de la media tarde. Era viernes, este viernes de octubre. Habían sacado en el bar la pantalla a la terraza, a la sombrita, eso sí. Arriba en la tele, el trío de los golpistas (Junqueras, Puigdemont, Forcadell), abajo, un bodegón marino de los mejores frutos del mar llegados a la Caleta de Vélez en un expositor en forma de barca. Las conversaciones bullían, los camareros tomaban nota y se agachaban, pues que la televisión emitía en bucle lo de Cataluña. Y yo, con Raúl, comentando las oportunidades de que las empresas de Cataluña se vinieran a esta zona del Sur. Raúl me daba la razón, también los de al lado. No era, ya digo, una conversación al uso, sino un 'gallineo' de voces sobre lo que salía en televisión.

Dos niños corrían con un patinete, entre las mesas, como en una comunión tardía. El sol picaba y hasta anunciaban terral. Yo le seguía dando a Raúl mi visión de lo positivo de que en Málaga acogiésemos al capital exiliado de Cataluña: para empezar tenemos el puerto, el clima, las comunicaciones, la centralidad europea y Bruselas a tiro de piedra. La cercanía de Tánger y hasta esa certidumbre moral que tiene el malagueño de no ser de unos ni de otros; sino de todos. Porque aquí nadie pregunta de dónde, y eso lo dicen los apellidos del censo y de las páginas amarillas. Le confesé a Raúl que por aquí abajo hemos sido consentidores a la fuerza, y todo a pesar del 4 de diciembre.

Raúl me daba la razón, y yo sé que la tenía. Pedí unas conchas finas, el limón me salpicó en el ojo, y quise ver más claro todo. Insisto en que serían las dos de la tarde, y era viernes y era Vélez- Málaga. Un canario se nos acercó a la mesa, y dijo que mis argumentos eran fláccidos; le respondí, amablemente, que el sentido común admite mil interpretaciones. Me dio su tarjeta de abogado y se fue por donde vino.

Ahora escribo, de nuevo, frente al mar. Leo que en Antequera, obedeciendo felices a un necesario bando municipal, más de 4.000 ciudadanos exhibieron orgullo patrio, sano españolismo, en una ofrenda a los que son nuestros verdaderos ángeles custodios: las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.

Tengo una ventana desde la que se divisa este mar viejo, desde donde pienso España ahora que no tengo edad para reflexionar desde el espigón: llevo mal la humedad. Voy entendiendo que a la españolidad acabaremos por llegar desde el sentido común, y que costará lo suyo. Sin embargo, España no está fláccida. La bandera española en los balcones. Brotan geranios de libertad. Cada banderita sin Mundial es el mejor canto que esta tierra le puede hacer a una Constitución insuperable y actualizable en lo accesorio.

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