Día D

Esta noche se sabrá de qué lado cae el dado catalán

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Ha llegado un nuevo día D para Cataluña. El otoño de 2017 ha sido una sucesión de días clave para la sociedad catalana, y por ende para la española. Ni se sabe cuántas playas de Omaha, cuántos desembarcos de Normandía, ha habido en el trimestre. Los turbulentos días de septiembre en los que se vulneraron todas las normas constitucionales y del Estatut, el caótico 1 de octubre, el de la volátil proclamación de la república catalana, el de la fuga de Puigdemont o el del encarcelamiento de Junqueras y los consellers. Esta noche se sabrá de qué lado cae el dado catalán. Sea del que sea, incluso si de momento queda apoyado en una de sus aristas manteniendo un falso equilibrio, lo que deja la marea es una playa llena de chatarra y una sociedad divida en dos, o en tres -no hay que olvidar la tercera vía como nunca debió olvidarse en la Guerra Civil la tercera España, ahora reivindicada por algunos de los historiadores más lúcidos-.

Una sociedad dividida y una realidad vapuleada por una gran mentira perfectamente contada una y otra vez hasta alcanzar carácter de verdad absoluta -y por tanto sospechosa-. Eso que llaman el relato. Un país oprimido que lucha por su libertad, una cultura y un idioma sojuzgados, mártires encarcelados por defender pacíficamente sus ideas, un Estado que roba a los ciudadanos de ese país que podría ser el más próspero, moderno, civilizado, culto y refinado de Europa si no estuviera sometido por la fuerza a un Estado pseudofascista avalado por los intereses espúreos de una Europa mercantil y profundamente corrompida.

Lo verdaderamente corrompido es el lenguaje que se está empleando en la construcción de esa fantasiosa -pero efectiva- arquitectura política. Exilio, fascismo, Estado dictatorial. Una manipulación burda de la realidad que se basa en el desconocimiento de lo que fueron el exilio, el fascismo y la dictadura. Una ofensa para los miles de personas que tuvieron que abandonar su país y pasar décadas exiliados, no por cometer delitos contra la legalidad democrática, sino por defenderla. Un agravio para quienes murieron lejos o fueron torturados y ejecutados. Para aquellos que pasaron años en la cárcel y que ahora, frívolamente, son llamados fachas sencillamente por no estar de acuerdo con la fractura unilateral de una parte del país y ejercer su libertad de expresión y pensamiento. Todo imbuido por una agitación primaria de las emociones tribales, los himnos y las banderas. Los antepasados humillados, las antiguas vejaciones revividas y de las que ahora arbitrariamente se responsabiliza a los partidos políticos que, o bien surgieron en plena democracia o combatieron contra la dictadura. Un hecho incuestionable que sin embargo no hace mella en el discurso mesiánico de unos auténticos expertos en driblar la realidad al estilo de Puigdemont. Felipe González dijo que Iceta es el Messi de la política catalana. No. El verdadero mago del regate es ese Puigdemont mediocre repentinamente metido a salvador de la patria. Una auténtica gallina ponedora de días D.

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