Deudas

Ángel Escalera
ÁNGEL ESCALERAMálaga

Dicen que el que paga descansa y el que cobra, más. Vamos, que respira aliviado al recibir el dinero que ya daba por perdido. Los morosos con pedigrí son los que no se arredran ni si los atosiga una docena de cobradores del frac. Es gente de la cofradía del puño cerrado y de los ojos abiertos para salir pitando en cuanto se aproxima el que reclama la deuda. Hay expertos en el innoble arte de dar sablazos que parecen haber aprendido su oficio en los círculos bohemios del Madrid de principios del siglo XX. Unos personajes que se miran en el espejo del malagueño Pedro Luis de Gálvez, un literato que se dedicó a vivir del cuento, y no precisamente por las obras que escribió (y que conste que no era mal escritor), del que su leyenda de crápula dice que se paseó por los cafés madrileños con el cuerpo de su hijo muerto metido en una caja de zapatos mientras pedía unas monedas para poder sufragar el entierro. De Gálvez, borrachín, pendenciero y ácrata, acabó sus días fusilado tras la guerra civil. Pero volvamos a los tiempos actuales, que son los nuestros y los que nos competen. Deudas hay de muchos tipos. Están las de juego, las morales, las de familia, las políticas, las de amistad y las que no se piensan pagar. De esta clase, de las que nunca se abonarán, saben mucho los gobiernos, sean del signo político que sean.

La semana pasada, la Junta de Andalucía denunció que el Gobierno central le debe a Málaga 97 millones de euros por cantidades pendientes de la Ley de Dependencia desde 2012. Con ese dinero se podrían haber construido tres hospitales como el del Valle del Guadalhorce, cuyo coste fue de 30,6 millones de euros. Le asiste la razón al Gobierno de Susana Díaz cuando se queja de los recortes del Gobierno de Rajoy en el pago a personas dependientes. Ese incumplimiento es una faena que pone contra las cuerdas a gente que necesita ayuda urgente y a la que dejar en la estacada es una charranada. Como también la tienen los malagueños cuando exigen a la Consejería de Salud que, de una vez por todas, empiece a construir el prometido hospital público en la capital. Ese centro hospitalario es una prioridad que no puede esperar más, igual que no deberían aguardar los ciudadanos que tienen derecho a recibir una prestación por su situación de dependencia y se topan con la falta de sensibilidad del Gobierno central. Si en algo no habría que recortar jamás es en materias relacionadas con la sanidad y la dependencia. Son cuestiones vitales. Y con la vida no se juega. Porque si se pierde, ya no se recupera.

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