Detrás del Rey

A quienes nos llaman a hacer autocrítica hay que decirles que no, que hoy no. A la hora de enterrar a nuestras víctimas y rezar un responso, sólo cabe levantar el escudo para protegernos y blandir la espada, antes matar que morir

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

Tras los criminales atentados de Barcelona y Cambrils, tras el dolor, la solidaridad y el resto de las duras sensaciones que produce la muerte caprichosa e injusta por asesinato terrorista, los conflictos subyacentes siguen intactos. La respuesta del Estado a los terroristas fue inmediata y compleja, pues no sólo se trataba de perseguir y detener, sino también de hallar nuevos caminos y medidas para protegernos y prevenir nuevos acontecimientos de este nefasto tenor.

Cada acontecimiento de horribles consecuencias como éste sirve para poder aprender y corregir aquello que podemos hacer mejor para evitar la acción criminal de los fanáticos y atrasados personajes que quieren eliminarnos. Hemos de corregir cómo organizarnos para estructurar nuestra defensa y también hay que preparar cómo atacar y destruir la cultura medieval que alumbra como idea la muerte del otro, allá donde se encuentre su nido intelectual y material. Destruyamos su mensaje, sus bombas y sus armas.

A esas llamadas a la autocrítica de Occidente con todo su zafarrancho de razones, motivos, hallazgo de supuestas causas, aperturas de fronteras incluidas, etc. hay que contestar que no, que hoy no. Toda acción política es perfectible y merece nuestro permanente análisis, y más en un mundo que no para de evolucionar y con él han de hacerlo las decisiones y las medidas. Pero a la hora de enterrar a nuestras víctimas y rezar un responso, sólo cabe levantar el escudo para protegernos y blandir la espada, antes matar que morir.

Más allá de las circunstancias, los antecedentes, los detalles de la acción represiva ante los terroristas, las labores de inteligencia, la coordinación policial, etc. el empeño en mantener la unidad y ponerla sobre todas las cosas es más que encomiable. Era la imperiosa necesidad para afrontar la alarma y el peligro. Cabe aquí agradecer el comportamiento de los máximos representantes del Estado, encabezados por el Rey, su prudencia y su generosidad, su cerrada defensa de la llamada perfecta coordinación, todo en aras de la responsabilidad y la protección de las personas y las cosas. El estado es uno y también lo es la seguridad. No es el momento ni el lugar para jugar a 'los independientes' ni a ningún otro artificio, no son días de llevar y traer acontecimientos para usarlos a favor ni en contra de ninguna causa, que no sea la de la seguridad y la justicia. En el fondo todos sabemos lo necesario que es cada uno y el insustituible papel que ha de jugar y ha jugado. Lo saben en la Guardia Civil, la Policía Nacional y los Mossos. Insinuar autosuficiencias no sólo es inadecuado y engañoso, sino que con quince víctimas inocentes criminalmente asesinadas, no puede ni pensarse. Como toda tragedia, es verdad que pudo ser peor, mucho peor. El accidente de la furgoneta que se dirigía a Cambrils para producir otro atropello asesino fue providencial, no hay que olvidarlo. A esa hora nadie sabía de la existencia de ese vehículo ni de las terribles y desalmadas intenciones de los terroristas, también para la ciudad de Cambrils.

Pero ya es el día siguiente, ya han salido las esteladas llamadas por esa ANC (asamblea nacional catalana), que tiene tanta legitimidad como otras asambleas nacionales constituyentes muy oídas de creciente creación y a cuyos instigadores les vale casi todo, o todo. Es paradójico -aunque estamos curados de todo espanto- que la chuscamente famosa CUP instruyera cabeceras de la manifestación influyendo sin duda en la decisión y, sin embargo, convocara una manifestación alternativa. Pero somos más, muchos más, los que como inmensa mayoría vamos a mantener al estado en su sitio y a la ley su soberana. Toda oportunidad es buena para andar por las calles de la españolísima ciudad de Barcelona detrás del Rey y, aunque esta cita tenga en sí esta causa tan injusta como criminal y luctuosa, ésta nuestra ciudad nos acoge para que hoy podamos gritar que acabaremos con las amenazas y los peligros. Que no somos inofensivos ni estamos indefensos. Que nuestra historia pesa y que si una vez fuimos 'Al Andalus', también fuimos celtíberos, la Hispania romana, la España visigoda cristiana, la unión de los reinos de Castilla y Aragón, y mucho más, todo igual o mucho más importante. Que somos el fruto de la unión de aquellos reinos que no en vano se llamaron 'de todas las Españas', quizá porque las españas lo hemos sido siempre todos y cada uno. Gentes difíciles, aguerridas, contradictorias y complejas, pero españoles, siempre fuertes y duros.

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