Despedidas

EL EXTRANJERO

Daña la dignidad de las personas por encima del sexo y los géneros

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Lo políticamente correcto va por un lado y la dignidad por otro por mucho que a veces puedan coincidir. Mejor no confundirnos. Cuando se censuran las zafias despedidas de solteros no se hace, al menos desde esta banda, porque espanten unos cuantos artilugios con formas de órganos sexuales, unos cuerpos desnudos y unas cuantas contorsiones, supuestamente libinidosas. No. Lo censurable es sólo eso, la zafiedad y el modo en que alguna gente se regodea con los estamentos más bajos de nuestra a veces poco gloriosa naturaleza. Entre la congoja y la compasión lee uno las declaraciones de esa mujer de El Palo que se reivindica como stripper aunque el resto del mundo, incluidos aquellos que la contratan, la consideran una antistripper.

Su lema, «Prefiero ser stripper que okupa». Los juegos de la miseria. Económica y moral. Y social. Muchachos simpáticos acuden a sus servicios para la mofa. Quizás también los mueva en algún momento la misericordia, pero la fiesta es la fiesta y hay que pasar por encima de todo. Luego le sueltan unos billetes. Pagan. Tienen sus derechos. Y todo es legal, aunque no se sabe si es lícito. Los payasos del circo se disfrazan de payasos. Uno se maquilla la cara de blanco y el otro se coloca unos zapatones y una ropa rídicula. Encarnan a quienes no son. La stripper/antistripper hace de ella misma. Su cuerpo es la mercancía para la chacota. «Se parten de risa conmigo, lo recuerdan toda la vida». Sí, eso estaría bien, que lo recordaran el resto de sus días como una de las bajezas cometidas a lo largo de su existencia.

Niña humillada, vejada en el colegio y desamparada por su familia, un buen día decidió que el mejor camino para que nadie más se burlara de ella era éste. Hacer de mujer fatal con una anatomía que señala el camino opuesto. Una forma de orgullo. Ahora aparece en programas de televisión de forma anecdótica por su carácter de bicho raro, sale a un triste escenario convertida en una diva contranatura o se coloca unas esposas que la unen la noche entera a un tipo que en la víspera de su boda podrá cometer con ella abusos, escarnios o lo que su conciencia le dicte. Una gracia enorme. Una diversión muy sofisticada. Pescar en el fango, abusar de lo que la sociedad ha echado ahí como a un vertedero. No se trata de machismo y exacerbación del rol prehistórico de la dominación masculina, o no sólo de eso. La cosa va un poco más allá. Daña la dignidad de las personas por encima del sexo y los géneros. Por mucho que algunas asociaciones de vecinos se hayan puesto en pie de guerra contra este tipo de celebraciones por su contenido obsceno o por la proliferación de artilugos sexuales, lo verdaderamente obsceno no está en unas antenitas en forma de pene o en las procesiones de instrumentos fálicos sino en la explotación de la desgracia y en su burda mercantilización.

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