Desolación

Lalia González
LALIA GONZÁLEZ

La foto de los dos expresidentes, los exconsejeros y los exaltos cargos en el banquillo del caso ERE ha llenado de pesar al Gobierno y amplias capas de la administración andaluza. Muchos que han compartido trabajo con varios de ellos se confiesan apabullados al verles en esta situación. Como pasa con las desgracias familiares, sienten el dolor propio y el que saben que éstos padecen y como no ven explicación tampoco hallan consuelo. Siguen convencidos de que la conducta de los procesados (casi todos, salvo Guerrero, Viera y quizá Fernández) es intachable y la situación en que se han visto envueltos, kafkiana. Aún más, a estas alturas del larguísimo y alambicado proceso, plagado de sospechas y de irregularidades procedimentales, ya se ha abandonado esa confianza inicial en que todo quedaría en nada, porque nada había. Es también desolador que esta imagen, que se va a prolongar durante meses, sepulte las trayectorias de servicio público intachables de muchos de ellos. Desde Manuel Chaves, cuyo procesamiento parece traído por la fuerza, porque no hay una sola firma suya, pasando por Griñán, asimismo honesto y austero hasta el exceso, que tampoco gestionaba el área de Empleo, ni recibió informe de reparo, como era preceptivo, del interventor; o Carmen Martínez Aguayo, viceconsejera primero, consejera después, que puso orden en las finanzas de la Junta, atravesó la crisis y dejó el área de Hacienda en una situación mejor del promedio y que ni siquiera se acogió a la cesantía cuando salió. Pasa consulta en un ambulatorio sevillano, donde los pacientes la adoran.

El sufrimiento personal y familiar planea también sobre el ambiente sombrío en la Junta. Se sabe de los daños colaterales que esta situación ha causado en la salud de varios imputados y en las de sus familias. Recuerda el caso del inspector de Policía a quien se acusó injustamente en el montaje político-periodístico del 11M, cuya mujer se suicidó por no poder soportar el brutal acoso.

Está además la interesada simplificación con que se han presentado los hechos durante años como «el mayor escándalo» de la democracia, cuando está por ver en qué queda el dinero defraudado y cuando hay tanto con que comparar: Gürtel, Púnica, el ático de González, la financiación presuntamente irregular del PP, los sobresueldos en cajas de puros, el dinero en el altillo del suegro etc. etc. Nada de eso hay aquí, pero el rigor parece no estar en la agenda. En fin, duele la sospecha de que se está ante una trama perfectamente urdida, como un thriller, que para colmo ha conseguido sus objetivos, en la que el poder andaluz ha caído como un corderillo, colaborando con la Justicia en vez de destruir los discos duros. Igual es conspiranoia, pero ya quién sabe.

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