Desnudos y a plena luz

RAFAEL J. PÉREZ PALLARÉS

Hay mucha, mucha gente buena. Aunque con demasiada frecuencia la tempestad que generan los malvados desplace aparentemente la bondad. La oscuridad se ilumina, no se combate. Y es en este punto donde conviene recordar que la bondad puebla la tierra. Que la luz que genera la bondad desnuda el alma y la expone en toda su belleza. Desgraciadamente esta bondad queda con cierta facilidad empañada por la maldad de un puñado de desalmados. Pero hay que afirmarlo sin rodeo: lo mejor de esta compleja vida es la bondad. Esa capacidad para iluminar, aceptar y acoger. Para perdonar, apoyar y consolar. Para entender lo más íntimo del hombre y la mujer.

Hace unos días, un señor con dificultad para caminar llevaba en su puño cerrado algo. Abrió la mano y dijo al sacerdote: «Para los pobres». No será titular de ningún periódico, pero como este gesto existen multitud de acciones similares salpicadas en el mundo prácticamente en cada momento. Maneras de conducirse de forma sencilla, auténtica y anónima que resuelven e iluminan la vida de millones de personas.

El problema reside en que la bondad hay que practicarla. Como el amor. El ejercicio de la caridad íntimamente unido a la bondad supone práctica. Si no, inevitablemente, se irá diluyendo en los saltos y asaltos de la vida. La bondad es sencilla porque odia el protagonismo, es eficaz porque permanece en el empeño, es discreta porque sirve sin superioridad. Algo necesario tener presente porque ser persona es algo grande, un gran desafío.

Desgraciadamente muchos modelos sociales que se ofrecen van en dirección opuesta. Sin embargo, estamos a tiempo de revertir la situación con pequeños gestos. Como hacen los niños. Dibujan un garabato y lo regalan. Sonríen y desarman al adulto. Es momento de rescatar la autenticidad de lo genuinamente verdadero y sencillo porque el tiempo sigue su curso. Estamos ante un tiempo nuevo. Como reflexionaba Benedicto XVI, la generación del 68 se ha establecido y pasado. La siguiente generación más pragmática está envejeciendo. Y las preguntas surgen: ¿Cómo nos manejamos en un mundo que se amenaza a sí mismo? ¿No tendremos que empezar de nuevo con Dios? La pregunta por Dios se presenta otra vez de una forma diferente en la nueva generación. Es el camino de la bondad el que hay que transitar para alcanzar la paz, para saborear el Misterio, para ser mejores personas. Más plenas.

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