Desconexión

JUAN FRANCISCO FERRÉ

El nacionalismo es el primer signo de una inteligencia que no funciona, me dice un amigo barcelonés que sufre con la desconexión catalana. La cosa nacionalista tiene su morbo histórico y ahora, al añadirle la actualización tecnológica de la desconexión, la han transformado en un producto de mercadotecnia competitivo. Desconectarse es mucho más estético que independizarse. Tiene efectos inmediatos sobre la mente de sus destinatarios antes que sobre la realidad. La desconexión es la marca estrella de una técnica publicitaria que los partidos manipulan desde que la democracia se convirtió en subasta de emociones y sentimientos. Desconectarse es guay. Soluciona todos los problemas. El Parlamento catalán hace tiempo que desconectó de la legalidad, gracias al talento innato de Forcadell, así como la Generalitat de Puigdemont se desconecta a diario de la realidad. Mi confidente barcelonés matiza que la estrategia soberanista de Puigdemont, no tan inconexa como su flequillo induce a creer, solo busca multiplicar votos y apoyos masivos enfrentándose sin vaselina al Gobierno central. El tirón de la Diada multitudinaria lo prueba y el plebiscito fallido lo refrendará más allá de la intención de sus instigadores.

Los espectadores españoles desconectan cuando se discute sobre Cataluña en televisión y no me extraña. Si algún día Cataluña se desconecta de España, millones de catalanes sentirán nostalgia por las emociones gregarias del fútbol liguero y la telebasura española. Cualquier desconexión me produce escalofríos. Me acuerdo de aquella infancia televisiva donde un locutor rancio nos comunicaba la desconexión franquista que sumía a los espectadores en el vacío. Luego vino la adolescencia de las desconexiones territoriales. Puro terror regionalista. Y ahora tenemos la desconexión revolucionaria de la CUP. La de quienes proclaman que las muertes de los terroristas de Barcelona y Cambrils fueron ejecuciones de personas sin garantías judiciales.

Mi joven amigo barcelonés me recuerda que la situación es compleja y está enredada. Los partidarios de la desconexión fantasean con que la República Catalana responde a la mitología secesionista de sus ancestros. Esa Cataluña profunda que quiere segar con su ideología del terruño la modernidad cosmopolita de Barcelona. El gobierno de Rajoy, aciago gestor del problema, recurre a la fuerza de la ley para proteger lo que no supo defender con políticas inteligentes. Permitir que los gobernantes de CiU se forraran durante decenios a cambio de controlar el impulso separatista fue un grave error. Y no despreciemos la hipótesis conspirativa de una voluntad de devaluar la importancia política de Cataluña en España. La desconexión catalana es victimista, en el fondo y en la forma. Una España sin Cataluña es un disparate nacional, pero una Cataluña desconectada es un suicidio colectivo.

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