Desastres naturales

DIEGO CARCEDO

Tal y como si el ser humano no fuese capaz de propiciar grandes desastres y peligros -guerras, pruebas nucleares, terrorismo...-, también la naturaleza parece que en estos últimos tiempos se ha confabulado para mantenernos en vilo ante la frecuencia de terremotos, tsunamis o huracanes que se mueven por encima de nuestras cabezas arrasando con vidas y haciendas. Estamos en tiempo de huracanes y tifones y en las zonas más proclives, como el Caribe, México o Sur de los Estados Unidos, millones de personas viven sin vivir en si temiendo que alguno se asome por el horizonte.

Siempre, ya desde los tiempos bíblicos, ha habido desastres naturales y lo peor es que siempre los habrá, pero ahora parece que son más frecuentes y más duros y dramáticos. ¿Hay alguna explicación? Muchos lo atribuyen al cambio climático que tantos estragos está causando y al negro futuro que nos augura. Y probablemente algo de razón no les falte: el cambio climático que está modificando los niveles del mar, provocando el deshielo de los polos y cambiando el ritmo de las estaciones y sus fenómenos atmosféricos, algo influirá. No todo porque, como decía, volcanes en erupción, depresiones tropicales, terremotos, sequías, galernas e inundaciones han perturbado la existencia de las personas desde que existe memoria y con toda seguridad también antes. Quizás ahora estemos sugestionados lo cual no deja de tener su parte positiva: contribuye a crear conciencia de que el cambio climático es una amenaza a la que hay que hacer frente sin demora y sin concesiones, como pretenden algunos negacionistas aliados a intereses que no les importa seguir contaminando si su negocio lo requiere.

Trump no es el único gobernante pero sí el más poderoso que niega el cambio climático y se resiste a decretar medidas para paliar los daños que ya ha causado y anticiparse a los que pueden venir. Hasta ahora, lejos de cumplir con los compromisos adquiridos por su antecesor en este empeño universal por frenar el deterioro de la naturaleza, del agua que bebemos y el aire que respiramos, se ha envanecido de tomárselo poco menos que a broma. Claro que la naturaleza que, contaminada o sin contaminar es sabia, acaba de someterle a dos pruebas duras y elocuentes que lamentablemente pagaron muchos ciudadanos.

A las inundaciones de Houston que dejaron decenas de muertos y destrucción por todas partes, enseguida prolongaron el miedo y la incertidumbre con la llegada a Florida, después de arrasar varias islas próximas a las Antillas, de tres huracanes, uno de ellos, 'Irma' de nombre, evaluado como el más fuerte de la historia y que, aunque dejó menos víctimas de las que se temían, obligó a evacuar de ciudades como Miami a cinco millones y medio de personas. ¿Quién no lo haya vivido puede hacerse idea de semejante éxodo para librarse del vendaval?

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