Desactualizado por lunes

Este lado del paraíso tan maltratado por los presupuestos del Estado

JESÚS NIETO JURADO

Conviene tomar la ciudad con distancia y con proximidad. Tomarla y dejarla según los impulsos del corazón, o según los desengaños o según si el día se pone desapacible. Lo bueno de esta ciudad es que permite irse y quitarse, verla y no verla, como en la cuesta de la Reina cuando la cuesta de la Reina nos llevaba a la Meseta o nos devolvía el mar de forma intermitente: previo paso por el oasis de Venta Galwey. Hay que subir al San Antón y empaparse las 'chirucas' gastadas de olores a tomillo, hay que respirar el fresco en este Vesubio paleño coronado por una cruz blanca donde sopla un viento inopinado. Hay que ver la ciudad en lontananza y después callejear por los callejones más auténticos; la cuchillería de Manolo Ocón («encantado de haber nacido», reza su tarjeta de visita) en esa parte de la ciudad que tiene más de Nápoles que de Andalucía. Es en esas cuatro esquinas donde uno se encuentra uno con otra ciudad, que diría el compañero Pablo Aranda. También conviene dejar reposar la ciudad y enfocarla desde el Balneario, esa esquina verde y cubana desde la que Sr. Chinarro se exilia de todo y todos. Está bien pasear Málaga a esa hora inexacta del mediodía con Nacho Alcalá y sus mil vidas, cámara al hombro, para empaparnos de un casticismo que a veces brilla cuando ya se han desinflado las multitudes de Semana Santa. Cuando sigue oliendo a un incienso que se reconcentra y flota como desmintiendo la Resurrección pascual. Al rato, cuando uno se pierde en el 'embobamiento', pasa Antonio -creo que se llama Antonio-, que anda alto, romaní y señorito e interpreta desde el cariño amateur algo de García Lorca.

Una escolta policial acompaña las vigas maestras de la tribuna principal Larios abajo; tiene la escena algo de procesión íntima. Después van llegando noticias del mal en el chat de los 'sabios'; la tristeza del aficionado que ha coleccionado pulmonías y decepciones cada domingo en un estadio donde el foso sigue estando aunque no se vea. Toda ciudad es un mundo si se ama a uno de sus habitantes, y en estos días laborables con poco sol y cruceros pequeños se ve una urbe laboriosa y grande, frente a otras del entorno que están encantadas de conocer su ombligo y de cocerse en su propia salsa de siglos. Me gusta pasear esta ciudad un lunes cualquiera de primavera. Me gusta dejar de informarme un lunes y saber que el 'flâneur' malagueño o foráneo tiene patente de corso para ser y para estar en este lado del paraíso que tan mal tratan los presupuestos generales del Estado. Ay.

Y sí, ya sé que el lunes es día de novedades, de movidas consistoriales, de libros que se presentan, de cuchilladas 'inter pares', de propósito de la enmienda y de una semana que comienza. A los autónomos aún no nos han impuesto una tasa por ver, oír y pasear. Cuando Europa se rompa por la parte de Puigdemont me encontrarán aquí, paseando y desactualizado a conciencia. Desactualizado de todo y de todos. Como hoy, que he vuelto al origen.

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