Depuis Egmont a Puigdemont

La sanación de la mentalidad social y cultural de los catalanes, machacados por la propaganda, no es cosa de días, ni depende ya sólo de medidas jurídicas o políticas cortoplacistas

FEDERICO ROMERO HERNÁNDEZ. JURISTA

Perdonen el juego de palabras, pero ese: 'desde' ('depuis', en francés) me viene muy bien para partir de una remembranza que tiene mucho que ver con la actualidad. No creo que, desde el ajusticiado conde de Egmont, haya habido en Bruselas otro personaje más aprovechado para la propaganda antiespañola en esa capital. Muchos compatriotas nuestros habrán visitado el conocido Le Roi d'Espagne, en la Grand Place, con su vino tinto, especiado y caliente, y los muñecos vestidos de soldados de los tercios de Flandes colgados de sus vigas, pero pocos se habrán acercado a ver ese desconcertante cuadro que se exhibía -no sé si seguirá allí- en el Museo de Tournais, en el que las imágenes yacentes en la misma cama de los condes de Egmont y de Horn (no confundir con Puigdemont y Forn) son observados por la mirada inquietante y entristecida del duque de Alba. Hasta hace no mucho, estos dos personajes nos eran presentados como injustas víctimas del despotismo de Felipe II, que los mandó decapitar por sus críticas a la implantación de la Inquisición en los Países Bajos, habiendo sido el primero de ellos, llamado Lamoral, primo del monarca español y habiendo luchado a su lado en el Ejército Imperial. Exaltados por la propaganda orangista y calvinista como héroes de la libertad y la independencia, Elvira Roca, en su 'Imperiofobia y leyenda negra', apoyada en las investigaciones históricas más recientes, demuestra que los hechos concernientes a esas heroicidades son un poco más turbios, aunque nada menos que Goethe y Beethoven le pusieran letra y música. Transcribo lo dicho por mi admirada señora Roca: «Estos aristócratas ven cuestionado su estatus por un imperio que... es una fuente de novedades: organización territorial, sistema tributario, Administración de justicia... Los españoles parecen dispuestos a cambiarlo todo y a ir arrinconando particularismos feudales en pro de una Administración de tipo estatal, más eficaz y más profesional... apoyada en las mesocracias, en los buenos profesionales de la nobleza baja y media, y la burguesía, y esto deja a la casta, a la que los Orange, Egmont y Horn pertenecían por nacimiento, si no arrinconada, sí disminuida»... y «Orange había aprendido del luteranismo el valor impagable de la propaganda sin importar cuán vulgar y poco escrupulosa pudiera ser».

A pesar de lo que digan, Puigdemont no es un tonto en cinco idiomas, sino un taimado, que ha conseguido una notoriedad inmerecida, y un avispado maestro de la propaganda. No hace falta decir que, con los antecedentes históricos dichos y los de los grupúsculos europeos cuyos apoyos recaba, se haya ido a Bruselas para conseguir sus fines mediáticos y para tratar de buscar los jueces que le sean más convenientes. Todo es pura propaganda de quienes, de cara al próximo 21-D, y a pesar de las disensiones de los independentistas, pretenden constituir sus resultados en un plebiscito engañoso. A la realidad de los datos económicos y del número de votos, van a oponer el número de escaños obtenidos y los sentimientos. Y todo ello precedido por la, al parecer, intangible TV3, convertida en un antidemocrático instrumento divulgador del pensamiento único. No nos engañemos, si en el actual Estado social y democrático de derecho resulta esencial la plena aplicación de la totalidad de su ordenamiento jurídico, los secesionistas ya se han independizado porque no reconocen su vigencia. He aquí por qué cualquier efecto derivado del 155 de la CE es interpretado por ellos en sede política y no jurídica. Y también por eso se consideran presos políticos a causa de sus ideas, cuando en la realidad los son por sus delitos tipificados en el Código Penal.

Ante lo dicho, y a corto plazo, frente a esa cuasi-consumada separación, solo cabe hablar más de la realidad de una España en libertad y de progreso, interrumpido por la acción de ellos, y menos de Puigdemont y demás separatistas. Hablar más de los perjuicios que realmente van a sufrir y pueden seguir sufriendo la gente corriente en su economía y en su vida diaria, y menos de las emociones que tratan de exacerbar sus dirigentes. Desenmascarar los fines egoístas de estos, constituidos en una oligarquía dominante aunque ello sea a costa de mermar la calidad de vida de la mayoría del pueblo catalán. Ilustrar a dicho pueblo señalándoles que los nuevos tiempos discurren por los caminos de la globalidad y la convivencia.

No me hago demasiadas ilusiones sobre lo que pueda ocurrir el 21-D, a pesar de la desunión de los secesionistas. La sanación de la mentalidad social y cultural de los catalanes, machacados por la propaganda, no es cosa de días, ni depende ya sólo de medidas jurídicas o políticas cortoplacistas. La recuperación del 'seny' requiere mucho tiempo y la libertad que confiere la verdad.

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