Deportes de riesgo

En Málaga parece que cualquier sonido que no provenga de cornetas y tambores es sancionable

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Hace unos pocos años, por circunstancias que seguramente no vienen al caso, estuve indagando respecto a las ordenanzas municipales que se encargan de los espectáculos al aire libre y entonces llegué a una conclusión: para el Ayuntamiento, todos los sonidos que no provengan de peñas, verbenas o cofradías están considerados ruido. En virtud de una ordenanza municipal aprobada en 2009 y modificada posteriormente para dar cabida a las prácticas cofrades, aquí se considera ruido a cualquier sonido que no provenga de cornetas y tambores.

El asunto de las últimas sanciones propuestas a varios colegios y clubes deportivos por el ruido que emiten durante los entrenamientos de básquet resulta clamoroso. Los tres mil niños que lo practican en Málaga están ahora bajo el punto de mira. Acabamos de descubrir que el baloncesto es un deporte de riesgo, ya que sus clubes e institutos se enfrentan a unas multas dolorosas de 12.000 pepinos más uno. A las sanciones siempre se les suma un euro del mismo modo que a las condenas de cárcel se les añade un día.

Hay otras cosas de la ciudad que nunca se miden en decibelios y otros asuntos a los que se les aplica un rasero diferente. Mientras que nos sorprendemos de que un entrenamiento de baloncesto pueda provocar semejante reacción vecinal, pensamos en esas motos de escape libre que deberían estar prohibidas por ley, en el estruendo de los camiones de Limasa a las tantas de la madrugada, en el inagotable número de traslados de vírgenes y cristos que parecen disfrutar de una impunidad total durante los 365 días del año (porque hay cristos danzando en julio y en agosto) sin que nadie se plantee la temeridad de ordenarlos de alguna manera. La manga ancha que aplica la administración a las circunstancias cofrades, peñistas o rocieras no tiene la misma consideración como cuando se trata de prácticas culturales o deportivas, realidades a las que esta ciudad se muestra siempre sensible de cara a la galería.

Ahora resulta que tres vecinos pejigueras amparados en unas normas municipales que se incumplen cuando conviene ponen en el límite de la legalidad a las actividades deportivas; tiene tarea. Lo mismo sucede con la cultura. Esto recuerda a la situación que vive la música en directo. A los baretos que han cometido la osadía de programar música en directo se les ha respondido con multas disuasorias. Una de las víctimas de esta escabechina fue el 101 Sun Festival, un evento musical que no tuvo continuidad más allá de la primera edición por la cobardía del Ayuntamiento al no saber hacer frente a cuatro vecinos que impidieron la segunda edición de un festival con una programación artística de primer orden. Pero el problema no son los vecinos, sino una normativa municipal retrógrada que no responde a las necesidades de un territorio que unas veces es una gran ciudad, y otras es sólo una ciudad grande.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos