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EL EXTRANJERO

El verano empalidece el trigo de las noticias, pero nadie deja de pedalear

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

El verano era el tiempo de las bicicletas y los juegos. Los días a la intemperie. El paréntesis del fútbol dejaba que otros deportes se asomaran a la pantalla del televisor. Las largas siestas por las carreteras de Francia antes de que el dopaje sustituyese a la prosopopeya de los grandes locutores, algunas sesiones de atletismo, algún torneo de tenis. Ahora, en uno de esos parpadeos, aparece un muchacho rubio que dice ser de Málaga, Davidovich, y en alguna escapada del Tour por el Macizo Central oímos el nombre de Luis Angel Maté, un marbellí que ha acabado varias veces la mejor carrera ciclista del mundo y al que su condición de gregario de lujo le lleva a acabar entre los cuarenta o cincuenta primeros. Algo que dentro de la filosofía del viejo Zapatones -'Ganar y ganar y ganar y volver a ganar'- significa poco pero que dentro de un deporte de equipo -y de jerarquías no siempre tasadas al peso- como el ciclismo tienen una verdadera, aunque no rutilante, importancia.

Cronoescaladas, descensos a tumba abierta, metas volantes que no sirven para nada y mucho avituallamiento. El equipo de la Generalitat de Cataluña, a su manera, ha formado una escuadra que pedalea con armadura para seguir su propia carrera hacia ninguna parte. La meta, según dicen, está ahí, clara. Señalada con una inmensa pancarta estelada en la cima del 1 de octubre. Deporte de riesgo. Han eliminado a los coequipiers con dudas existenciales. Un equipo así solo necesita aguadores y si hay algún kamikaze, mejor. Futuros héroes a los que poder encumbrar y que puedan hacer olvidar el fastidioso rompepiernas de las rampas al tres por ciento. Mártires tipo Tom Simpson, el ciclista británico que murió en las rampas del Mont Ventoux. Después de un demarraje extraordinario se le vio cabecear de modo extraño, zigzaguear de un lado a otro antes de caer. Ya en el suelo, ordenó a sus asistentes, «Subidme a la bicicleta». Quinientos metros más adelante volvía a caer, ya prácticamente muerto. Demasiado esfuerzo sin control, demasiadas anfetaminas, de esas que Puigdemont y sus gregarios parecen llevar en el cuerpo camino de ese puerto fuera de categoría en el que han convertido el primero de octubre.

Deporte de alucinados, deporte de riesgo. Como deporte de riesgo es lo que está haciendo Pedro Sánchez en colaboración con Pablo Iglesias. De momento, Sánchez -un obseso de la filosofía Zapatones- va anulando el peligro morado al mismo tiempo que formula el abracadabra de un nación de naciones, una especie de complicado juego de muñecas rusas en el que unas muñecas no caben dentro de otras. Movimientos que parecen más habilidad de malabarista que de estratega. Un boomerang que pasado mañana puede volver con la energía recuperada. Mientras, el verano empalidece el trigo de las noticias, pero nadie deja de pedalear. A lo lejos, algunos corean el artículo 155 como si fuese el dorsal de Supermán, de un Eddy Merckx resucitado. Lo que no está claro es a quién acabaría favoreciendo el demarraje del 155.

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