Densidad y volumen

Línea de fuga

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Manejo desde hace años una idea peregrina que con el tiempo y la constancia se ha convertido en algo parecido a una teoría. Tiene que ver con la sospecha de que las instituciones se acaban mimetizando con quienes las dirigen, no sólo en la manera en que esas entidades se proyectan hacia el exterior –eso podría ser incluso lógico, ya que los usos y costumbres de los directivos con frecuencia terminan filtrándose en la imagen de las organizaciones– sino más allá, hasta calar en las propuestas que ofrecen. Y así fantaseo con la existencia de instituciones broncas y altivas, desnortadas y taciturnas, acomplejadas y sibilinas o ‘vendeburras’ con ínfulas intelectuales no sólo por la impresión que tengo de sus responsables, sino por lo que ofrecen esas entidades. Sería algo parecido a las mascotas que se parecen a sus dueños, pero a tres bandas con instituciones culturales, directores y programaciones.

Esta semana me he encontrado con un nuevo caso capaz de apuntalar mi relato imaginario. Ha sido en la presentación del Terral, el ciclo veraniego que cada año más se parece –o eso me parece a mí– a Juan Antonio Vigar, máximo responsable del ciclo como director de los teatros municipales Cervantes y Echegaray. En medio de la burbuja nacional de festivales de música más o menos independiente, con saraos naciendo y muriendo cada verano sin ton y son (perdonen la facilona metáfora sonora) y con carteles firmados como un diagnóstico de trastorno bipolar, el Terral baja los decibelios, busca el refugio del Cervantes y cuaja un programa con cualidades que parecen contradictorias, aunque no lo sean. Porque entre junio y agosto llegará un Terral efectivo y selecto, exquisito y cercano. Y parece que estemos hablando de Vigar.

Vigar cumplirá este verano tres años al frente de los teatros municipales, lleva cinco como director del Festival de Málaga y su trayectoria en la primera línea de la gestión cultural ronda las dos décadas. En ese tiempo parece haber aplicado sus conocimientos como licenciado en Químicas en lugares diversos con el mismo resultado impecable. Porque sabe Vigar que unas fórmulas funcionan y otras no, aunque las segundas puedan provocar un instante llamativo y fugaz, también hueco como el boquete que dejan en unas cuentas que pagamos entre todos. Una manera de trabajar resumida por él mismo hace unos meses, durante la presentación de ‘Anverso/Reverso’, una de las numerosas iniciativas de pequeño y mediano formato que ha puesto en marcha con el listón besando la excelencia: «En cultura no importa el volumen, sino la densidad».

Así se viene un Terral con diez conciertos como diez balas de plata. La dulce saudade en la voz de Teresa Salgueiro, el descubrimiento gozoso de Ala.Ni, reencontrarse con Jorge Drexler y despedirse de Rubén Blades –aunque ojalá que no– para esperar como el perro de Pavlov el ‘Grito pelao’ de Rocío Molina y Sílvia Pérez Cruz. Ambas han levantado un espectáculo como una verdadera obra de arte y sentimiento. La maternidad como un canto y una danza de amor, dolor, belleza, miedo y esperanza.

Porque si los planetas se alinean y se repite lo visto en los primeros encuentros de esta unión, dentro de diez, quince, veinte años algunos seguirán hablando de lo que aquí brindaron Rocío Molina y Sílvia Pérez Cruz. Y puede que nadie recuerde que aquello apenas se repitió un puñado de veces en todo el mundo y que sólo unos pocos tuvieron la suerte y el buen ojo de vivirlo en carne propia. Y la mayoría olvidará quién lo trajo hasta aquí. Y creo que a Vigar le parecerá perfecto, porque ese ‘Grito pelao’ promete ser pura densidad artística con el volumen justo. A imagen y semejanza de Vigar.

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