Relaciones humanas

Delirios de bajeza

Delirios de bajeza

JOSÉ MARÍA ROMERA

Días atrás los tribunales franceses condenaron al enfermero Cédric Rey a dos años de cárcel por fingir haber sido víctima del atentado yihadista de la sala Bataclan. No conforme con simular unos daños que nunca padeció, el joven ideó una elaborada fabulación que repetía una y otra vez a todo quien quisiera oírla. Contó cómo estaba sentado en la terraza del local cuando vio llegar a los asesinos, uno de los cuales le había apuntado con su fusil. Entonces, explicaba, una mujer embarazada cruzó por delante en su huida de modo que recibió los disparos que iban destinados a él. En su ansia de identificación con las víctimas Rey se hizo grabar en el brazo un tatuaje con la fecha de la matanza, un tatuaje que mostraba ufano y afligido en las incontables entrevistas de televisión que concedió las semanas siguientes.

Aprovechados los ha habido siempre. Que el tal Rey pretendiera beneficiarse de las indemnizaciones para los afectados entra dentro de lo normal. Lo que resulta menos comprensible es que, en vez de obrar con la discreción del tramposo, alardeara de su impostada ficción sin temor a ser descubierto como finalmente sucedió. No había ninguna mujer embarazada entre los muertos y heridos del atentado. La descripción de su agresor no coincidía con los rasgos de ninguno de los terroristas. Y otro detalle no menor: la policía descubrió que en momento del ataque Cédric Rey se hallaba a unos 30 kilómetros del lugar de los hechos. Semejante regodeo en la temeridad solo se explica desde la perspectiva vanidosa de los guiados por la pseudología fantástica: la invención que lleva a representar un papel falso con el fin de atraer la atención, provocar simpatía u obtener protagonismo. En estos tiempos el anhelo de popularidad es para muchos el impulso vital más poderoso, muy por delante de los logros materiales o de las retribuciones afectivas. Ya nos dejó dicho Gorki que a veces la mentira expresa mejor que la verdad lo que ocurre en el interior del alma.

Pero, puestos a crearse un personaje, la mayor parte de los megalómanos busca un disfraz favorecedor. Está quien finge disponer de una inexistente fortuna y quien se tunea el currículum vitae hasta parecer un premio Nobel, el que se atribuye una carrera artística meritoria y el amigo de ponerse medallas por acciones exitosas en las que no ha intervenido. La mente tiene la piadosa propiedad de facilitar a su dueño los más variados recursos para escapar del complejo de inferioridad.

LA CITATirso de Molina «Nada hay más provechoso que una hábil mentira»

Más raro es que el impostor se apropie del papel del doliente. El caso de Cédric Rey recuerda al de la neoyorkina de origen español Alicia Esteve, quien adoptó el nombre de Tania Head para hacerse pasar por una superviviente del atentado a las Torres Gemelas recorriendo todas las cadenas de televisión como presidenta de la organización 'Survivors Network' fundada por ella misma. Hasta ser desenmascarada en 2007 pudo contar cientos de veces cómo el impacto del avión bomba la había sorprendido trabajando en su oficina de la firma Meril Lynch en el piso 96 de uno de los rascacielos. Con el tiempo se supo que en los ficheros de la compañía no figuraba ninguna empleada con ese nombre, y tampoco la familia de su supuesto novio David -víctima real del atentado- había oído hablar jamás de ella.

«No son las mentiras francas, sino las refinadas falsedades las que entorpecen la expresión de la verdad». La observación de Lichtenberg encaja perfectamente en otro caso de megalomanía inversa: el de Enric Marco, quien a lo largo de tres décadas se envolvió en la personalidad de un exrecluso de los campos de concentración nazis con tal poder de convicción que llegó a presidir la asociación de víctimas Amical Mauthausen. Ninguno de sus miembros sospechó jamás que aquel hombre de aspecto bondadoso, que impartía conmovedoras charlas en centros escolares, recibía homenajes y condecoraciones y daba discursos en actos oficiales, estaba sosteniendo una gigantesca impostura. Fue tal su osadía que hasta llegó a firmar una falsa autobiografía titulada 'Memorias del infierno', cuyos episodios acabarían siendo desmontados uno a uno por el celo de los historiadores.

Fingirse débil, perjudicado o víctima es algo que no reportaría ninguna satisfacción si no fuera porque la época tiende a prestigiar el sufrimiento como un mérito, como una forma de hacerse acreedor no sólo a derechos sino también a admiraciones. Nuestro tiempo privilegia las apariencias, la fama, él reconocimiento social por encima de todo. Es cierto -y penoso- que no todas las víctimas lo obtienen. Pero cuando les llega el calor del entorno se convierten en punto de mira de los seudólogos fantásticos que buscan espejos donde ver reflejada la imagen ideal: la de unos seres compadecidos a la vez que aplaudidos, y queridos a la vez que admirados. ¿Cabe alcanzar una gloria mayor?

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