La Rotonda

Degollada al alba

José Miguel Aguilar
JOSÉ MIGUEL AGUILAR

Hay balances trágicos como la muerte misma. Te dejan frío como el témpano, tieso como el invierno, hierático como el mes de enero. Llega fin de año y las cuentas o comprobaciones o cifras de determinados temas son difíciles de asimilar. Imposibles de admitir. En este 2017 marcado políticamente por la situación de Cataluña -con el colofón navideño de las elecciones que parece que cambian todo y no cambian nada, más la irrupción de Tabarnia como patria propia dentro de un territorio que se quiere independizar del Estado (como ven todo muy al uso del entendimiento general)-, la sociedad española está viviendo un drama continuo en forma de violencia de género que parece no tener fin. Más bien al contrario, los sobresaltos son incesantes. Es algo que atormenta con solo pensarlo. Cada día nos despertamos con una noticia demasiado triste referida al asesinato de una mujer a manos de su compañero sentimental, de su ex pareja o de una persona que un día proporcionó y recibió cariño. ¿Cómo es posible pasar del amor al odio hasta perder la vida? Hay casos de todo tipo, a cada cual más escalofriante. Aunque todos son conmovedores a todas luces. Resulta inexplicable que un ser humano de apariencia normal, que hace vida corriente, esa que te cruzas en el pasillo de la escalera o te subes con ella en el ascensor, sea capaz de quitarle lo más preciado que tiene a otra persona con la que convive o ha compartido el corazón, ahora roto en mil pedazos por razones que no hay mente alguna que entienda. A veces llegas a pensar que se le ha quitado el valor a la vida, que esta vale muy poco en manos de unos desaprensivos.

El caso de ayer de Arancha, de 37 años, degollada al alba en Azuqueca de Henares (Guadalajara) en presencia de sus tres hijos, el más pequeño fruto del amor con la persona que compartía su vida y le condujo hasta la muerte, es especialmente doloroso. Los expertos inciden en la reiteración cada vez mayor de los malos tratos en presencia de menores para causar el mayor daño posible, como si la maldad se midiera entre récords y plusmarcas que resultan escalofriantes. Algo estamos haciendo mal en esta sociedad que es incapaz de evitar el daño a un ser indefenso, bien sea un niño (189 han perdido a su madre desde 2013) o una mujer. Toca reflexionar pese a que las uvas impidan digerir tanta tragedia.

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