En defensa de la Transición

Esta etapa fue el gran éxito de una generación completa de españoles, que proyectó la primera gran imagen cívica de nuestro país desde, posiblemente, la Guerra de la Independencia

En un ensayo de reciente publicación, el historiador estadounidense Stanley G. Payne se atreve a alzar la voz 'En defensa de España', firmando un interesantísimo libro en el que analiza el devenir histórico de nuestro país, en el contexto de la cultura occidental, para aprovechar y desmontar los mitos y leyendas negras que nos han acompañado como nación a lo largo de los siglos. Su conclusión, tras analizar luces y sombras, es positiva, de ahí que se sienta en la obligación de coger la pluma para defender esto que aún llamamos España.

Uno de los capítulos más destacados de este trabajo es el que el historiador dedica a la Transición. Aprovecha la ocasión para reivindicarla, en un momento en el que, tras décadas de ser asumida como un logro común sin parangón en nuestra historia, es más criticada que nunca desde diversas posiciones políticas que niegan los avances que trajo para el porvenir de los españoles, achacándole buena parte de los males actuales.

Durante la mayor parte del siglo XX la mayoría de las dictaduras fuertemente instauradas no evolucionaron sin violencia hacia sistemas democráticos, siendo los dictadores derrocados generalmente por sus opositores mediante la acción de algún tipo de fuerza. Sin embargo, apunta Payne, España había desarrollado a lo largo de la larga dictadura los requisitos necesarios para ser un régimen democrático, en muchas ocasiones en contra de la voluntad del propio franquismo que, si bien apoyó ciertos avances liberalizadores, sobre todo en el ámbito de la economía, tuvo que resignarse ante otros originados por la propia evolución de la sociedad española.

La Transición fue de esta manera la primera en representar el modelo de lo que se denominaría posteriormente la «tercera ola» de democratización en el siglo XX, siendo el resto de procesos democratizadores de la época mucho más abruptos y violentos. Fue de esta manera como la Transición española se convirtió en un caso único en la historia, al convertir en democracia una dictadura institucionalizada mediante sus propias leyes. El famoso 'de la ley a la ley', que permitió un proceso sin fracturas que hubiesen podido desembocar en violencia en lugar de en consenso.

Este proceso, además, fue contemplado desde el exterior con cierta admiración, siendo una nueva experiencia para los españoles, extrañados ante ese unánime aplauso internacional frente a la costumbre foránea de considerar a la España franquista como un país excepcional, en el sentido más despectivo del término. Sin embargo, para el autor, con la visión que le dan los más de cincuenta años al estudio de España y sus decenas de libros al respecto, lo que para él es un importante logro ciudadano también conllevó una serie de errores, como el reconocimiento en la Constitución de un sistema autonómico abierto, el más grave de ellos, o a ley electoral adoptada.

Estos dos errores, que hoy también son esgrimidos desde posiciones de crítica moderada hacia la Carta Magna, ya fueron señalados durante ese mismo momento por el propio Josep Tarradellas, que durante la Transición alertó de que el sistema autonómico amenazaba la coherencia y la unidad del país, error en el que cayó la UCD ante el apoyo sin fisuras de la izquierda al autonomismo más reivindicativo, que identificaba erróneamente la existencia de las autonomías con la democracia misma.

Por el contrario, y frente a esos dos graves errores, la Transición supo reflejar el ambiente democrático de la Europa de ese periodo, pero cimentándose en la historia de España. Fue, según Payne, el instante de nuestra historia contemporánea en el que más caso se hizo a nuestro pasado, pero no como un arma arrojadiza, como en ocasiones y hoy especialmente ocurre, sino «siendo conscientes de los errores del pasado y mostrando una gran determinación para no repetirlos». Hubo, de esta manera, un gran entendimiento de todos los sectores nacionales que llegaron a la conclusión de que debían cerrarse por fin las profundas heridas de nuestro pasado reciente. La concordia fue posible y, desde ese punto de partida, se logró todo lo demás.

Los extremismos populistas que hoy reniegan de la Transición en su conjunto lo hacen porque reniegan a su vez también de su mayor éxito: el consenso, pues anhelan instaurar un sistema basado únicamente en sus propias ideas, ya que en la esencia misma de estos programas políticos está el desprecio hacia las ideas de aquellos que no piensan como ellos.

A pesar de los errores, que los extremistas no nos deben impedir revisar y corregir, la Transición fue el gran éxito de una generación completa de españoles, que proyectó la primera gran imagen cívica de nuestro país desde, posiblemente, la Guerra de la Independencia. Una obra de la que sentirnos orgullosos, de la que aprender, de la que aprovechar el impulso para prorrogar los cuarenta años de mayor progreso, bienestar y paz de nuestra historia.

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