DECÍAMOS AYER

Mientras se culpan unos a otros, un velo de indiferencia planea sobre el Trapiche del Prado

CATALINA URBANEJA

Las comparaciones son odiosas, aunque, en ocasiones resultan inevitables y su conclusión puede sorprendernos. Comparar es sano, especialmente si de este ejercicio surgen nuevas perspectivas y la oportunidad de rectificar determinadas actitudes. Porque reconocer los equívocos es un ejercicio de humildad que se da escasamente, como si en ello se pusiera en juego la propia dignidad.

Comparar es una facultad que sirve al ser humano como ejercicio de reflexión. En este caso, comparamos cómo difiere el concepto de patrimonio entre diferentes ciudades y la utilidad que cada una de ellas obtiene de su pasado, más o menos reciente. No hay una hoja de ruta que señale las vías a seguir en cada caso, ni tampoco existe un criterio igualitario entre aquellos a quienes elegimos como gestores de nuestro pueblo. Por fortuna, hay notables diferencias.

Tuve ocasión de visitar el Ingenio de la Palma de Motril. Un edificio rescatado del olvido, convertido por deseo expreso de las Instituciones, en museo y centro de interpretación del azúcar, visitado por cientos de personas interesadas en conocer los detalles de la fabricación de un producto de especial relevancia en la economía de muchas ciudades del Mediterráneo.

Han recuperado algunas de las instalaciones originarias que comparten espacio con maquetas, paneles explicativos y audiovisuales con los que se pretende introducir al público en las diferentes fases, desde el cultivo de la caña hasta la obtención del producto. Consciente de la relevancia que podía tener como atractivo turístico, el Ayuntamiento de Motril gestionó con la Junta de Andalucía y la mancomunidad de municipios un acuerdo para sacar adelante el proyecto en una ejemplar colaboración. Y ahí está, para orgullo de los motrileños y envidia de muchos.

¿Envidia o impotencia? Ante este museo, se genera inevitablemente una mezcla de sentimientos que oscilan entre la sana envidia y la más profunda impotencia, una comparativa que nos hunde en el desánimo. Porque Marbella también fue una ciudad dedicada desde antiguo a la producción de azúcar y cuenta con algunos testimonios patrimoniales que dan fe de ello. Exceptuando los de San Pedro Alcántara, convertidos en centros culturales, el del Prado, de gran riqueza patrimonial, no puede mostrarse debido al desinterés de quienes nos gobiernan y de los que antes nos gobernaron. También a la desidia de la Junta, que está dilatando la autorización para la limpieza y desbroce, una pasividad de la que es cómplice inconsciente el gobierno local que debería haber sido más insistente. A todos incluyo y sálvese quien pueda

La creación de la Plataforma del Trapiche, arropada por diversas asociaciones, historiadores y ciudadanos sin ninguna adscripción, fue una inyección de optimismo para quienes pensamos que la presión ciudadana convencería a los políticos de la necesidad de recuperar tan singular edificio. Más todo quedó en agua de borrajas, porque se han incumplido sistemáticamente las promesas hechas, quedando en una latente espera los proyectos de vallado y limpieza. Mientras se culpan unos a otros, un velo de indiferencia planea sobre el Trapiche del Prado.

Asistimos a una situación similar al «decíamos ayer» de Fray Luis de León cuando regresó a sus clases en la Universidad de Salamanca, después de permanecer cuatro años y medio encarcelado por la Inquisición. En este caso, han transcurrido dos años y dos gobiernos municipales desde que la Plataforma iniciara sus gestiones y está en el punto de partida, ya que poco ha conseguido. Es el «decíamos ayer» extrapolado al siglo XXI.

Un mutismo oficial que acarrea riesgos inevitables. La aparición de pintadas sobre sus vetustos muros pone de manifiesto la impunidad con que se deteriora un edificio que forma parte del Catálogo General del Patrimonio Histórico de Andalucía, y cuyo estado de ruina favoreció su inclusión en la 'Lista Roja del Patrimonio' en 2015 a instancias de Cilniana. Y después de transcurridos tres años en los que no se ha invertido ni un solo euro, deberíamos preguntarnos por la huella que ha podido dejar el tiempo sobre sus potentes muros. La respuesta, obvia, es un galardón del que no podemos sentirnos orgullosos.

La realidad es que no hay interés en rehabilitar el Trapiche, ni tampoco en reconocer la importancia de un edificio que guarda en su solar una valiosa información sobre cada una de las fases de la industria azucarera. Un inmueble que reclama un poco de atención y que, al no encontrarla, se rinde lentamente ante la indiferencia de quienes están obligados a custodiar el patrimonio, ya sea histórico o industrial, de Marbella.

Los graffitis que hoy devalúan sus muros y el derribo de la valla que ha propiciado la entrada de un grupo de desalmados, son lo suficientemente elocuentes para poner en la palestra su abandono -sigo pensando en una 'ruina programada'-, producto de la pasividad sobre el patrimonio industrial, escasamente valorado.

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