La decepción de un oriundo

Qué decepción el de ese 'pueblo catalán' al que desde una España acomplejada habíamos concedido unos privilegios de liderazgo moral y social que ahora vemos tan equivocados

FEDERICO SORIGUER ESCOFETMÉDICO. MIEMBRO DE LA ACADEMIA MALAGUEÑA DE CIENCIAS

Mis tatarabuelos materno y paterno emigraron en el siglo XIX desde Cataluña a Andalucía y una feliz coincidencia ha hecho que las dos ramas se unieran años después. El posible lector catalán lo comprobará por mis apellidos que pertenecen a una árbol genealógico que ya lo quisiera para sí el más conspicuo catalanista. El primero era un carlista (si se rastrea la geografía del independentismo catalán se encontrará con el carlismo más reaccionario) que tras las sucesivas derrotas se refugió en Francia y luego en Andalucía. El segundo era un comerciante que se vino atraído por el floreciente negocio del corcho. No fueron una excepción ni tampoco era sorprendente. En el año 1856 la industria andaluza suponía el 24 % de la española y cinco provincias (Córdoba, Huelva, Jaén, Málaga y Sevilla) estaban por encima de la media en cuanto nivel de industrialización (Carlos Arenas Posadas en 'Poder, Economía y Sociedad en el Sur, 2015, pp 99'). Por otro lado la talla media de los soldados de reemplazo andaluces estaba por encima de la media española (José Miguel Martínez Carrión, 2011), siendo bien conocido como la talla media es el espejo del nivel de vida de las población (James Tanner). La minería, la agricultura, el aceite, el corcho, las hilaturas de la subbética cordobesa y las acerías de Málaga, atrajeron a muchos catalanes, como mis antepasados y si alguien quiere conocer más detalles que lea la preciosa y precisa historia de Antonio Soler sobre Málaga y por extensión Andalucía (Málaga, Paraíso perdido (Fundación JM Lara, 2010). Aquí mis antepasados catalanes, hicieron fortuna y ahora, nosotros sus descendientes, pertenecemos a esa legión de andaluces del silencio tan poco apreciada por ciertos nacionalistas catalanes. Más allá de lo sentimental, como médico y como científico, he mantenido estrechos vínculos con Cataluña.

Como otros muchos ciudadanos españoles he reconocido el liderazgo catalán en investigación biomédica y lo hemos apoyado con nuestro trabajo y nuestros recursos. Era sobre todo una cuestión de eficiencia y de pragmatismo pues el éxito de Cataluña era también el nuestro y el del resto de España. Hoy, a la vista de los acontecimientos, no puedo sino sentirme engañado y decepcionado. Ayer mismo aquí en Málaga una apreciada colega catalana del Hospital Valls d´Hebron a la que habíamos invitado para formar parte del tribunal de una tesis doctoral, a la que conozco y aprecio desde hace cuarenta años y que conocen y aprecian todas esta generaciones de endocrinólogos españoles, de los que ha recibido todo el cariño, reconocimiento y apoyo, ante una discreta pregunta de una de las contertulias de la sobremesa, se definió sin pudor, sin matices, con altanería y en el contexto de la conversación sin cortesía alguna, como independentista total. ¡Jamás lo hubiera podido imaginar de ella!

Cierta parte de la sociedad catalana, incluidos algunos antiguos colegas con los que he trabajado estrechamente, se quieren quedar con todo, incluido lo que allí hemos dejado tantos médicos y científicos españoles (me limito a mi experiencia personal, aunque supongo que se puede extender a otros ámbitos). ¿Qué son todos estos laboratorios que han sido financiados por las instituciones españolas y que los podríamos disfrutar en otras ciudades pero que de común acuerdo decidimos que se quedaran en Cataluña, porque sin duda se lo merecían, pero sobre todo porque el éxito de ellos era también el nuestro? ¡Qué ingenuidad!. Ahora muchos de nosotros nos sentimos traicionados en la confianza depositada en aquella sociedad catalana y en la comunidad científica y médica en mi caso particular, a la que considerábamos y sentíamos como propia. Una parte de esa sociedad quiere ahora hacer realidad en 'horas veinticuatro' un sentimiento más propio del romanticismo de la época de mis bisabuelos que de una sociedad avanzada. Desprecian los lazos que hemos construido (mi familia y yo somos un buen ejemplo) a lo largo de cientos de años y prefieren dejarse arrebatar por un sueño impropio de una sociedad madura y adulta, ahora dispuesta a cualquier cosa por satisfacer un deseo identitario que ignora irresponsablemente sus consecuencias. Qué decepción el de ese 'pueblo catalán' al que desde una España acomplejada habíamos concedido unos privilegios de liderazgo moral y social que ahora vemos tan equivocados. Mi colega de ayer se reconocía, además de ¡izquierdas! ¿Cómo pueden gente tal ilustrada caer en esa sociopatía irresponsable? Ante mi silencio elocuente y cortés, nos despedimos. «Nos vemos pronto, ¿no?», dijo. «Dependerá de lo que ocurra en Cataluña», contesté. Pareció no entenderme. Puso cara de perplejidad, porque ni siquiera era capaz de concebir mi estupor y mi desprecio. ¡Quería además mi cariño y mi comprensión! Freud y Almodóvar han analizado magistralmente, con estilos distintos pero resultados parecidos, la tragedia que supone dejarse arrebatar por el deseo. Los pueblos enferman como lo hacen las personas. Un pueblo que no es capaz de reconocerse en el tiempo y en el lugar que le toca, que vive ensueños y fantasías impropias del momento y que ni siquiera es consciente del daño que se puede hacer a sí mismo ni a los demás, es un pueblo enfermo, como lo fue el pueblo alemán de entreguerras o los marbellíes en la época de Gil. Hoy le ha tocado al pueblo de Cataluña. Mañana podrían ser los andaluces o cualquier otro pueblo de España o de Europa, pues las sociopatías se transmiten como las enfermedades contagiosas. Es por esto que el Estado español no puede perder esta guerra. Ni por los catalanes ni por el resto de los ciudadanos españoles. Cataluña no se merece este espectáculo y la memoria de mis antepasados tampoco. ¡Qué hastío!

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