La debilidad del PP en Cataluña

La tribuna

Mientras se mantenga esa extraña situación en la que el partido más importante de España sea testimonial en Cataluña, las opciones para resolver el conflicto resultarán poco creíbles

La convocatoria de elecciones para el 21 de diciembre anunciada por el presidente Rajoy es una jugada maestra para muchos, pero que no evita la mayor de las paradojas que se darán el 21-D: Rajoy ha convocado estratégicamente unas elecciones anticipadas en las que su partido cosechará un pobre resultado.

La suerte del PP puede parecer un aspecto menor. Y no lo es. Más bien al contrario: la posición de debilidad parlamentaria que ha acabado relegando al PP en Cataluña es uno de los factores que más han obstaculizado una acomodación efectiva de la cuestión catalana en el marco del Estado autonómico actual. Y mientras se mantenga esa extraña situación en la que el partido más importante de España sea testimonial en Cataluña, las opciones para resolver el asunto resultarán poco creíbles.

Al igual que sucede en otros países con gran extensión territorial o diversidad interna, en España los grandes partidos han contribuido a ese objetivo... de forma muy variada. Fíjense en el PSOE. Su resurrección electoral en la Transición se debió, en muy buena medida, a representar diversas sensibilidades políticas en el terreno de la identidad e hilarlas con un programa común en cuestiones de izquierda/derecha. En Andalucía, robándole la bandera del andalucismo a los propios andalucistas. En la Comunidad Valenciana, antes de adoptar esta denominación, fusionando españolismo de izquierda y valencianismo catalanófilo, de forma similar a lo que haría en Galicia. Y en Cataluña, apoyando una fusión entre el obrerismo no comunista y el catalanismo de centro-izquierda dentro del PSC. Resultado: durante años, la base electoral del PSOE reunía ocasionalmente desde jacobinos españolistas hasta independentistas moderados.

El PSOE facilitó canalizar buena parte de las demandas de autogobierno expresadas en Cataluña, a la vez que el PSC favorecía la lealtad hacia el Estado dentro del catalanismo.

Pero, ¿qué sucedía mientras tanto en la derecha? La UCD fue la principal opción para el electorado catalán moderado. Por su parte, Alianza Popular (AP) se convertía en una plataforma de empresarios con un apoyo electoral muy reducido.

Y aquí llegó un momento clave, cuando el hundimiento de UCD favoreció electoralmente a CiU y AP, pero de forma asimétrica: mientras la primera se quedaba con el electorado más centrista, AP se convertía en la receptora del votante más conservador y españolista. Y más importante aún, CiU conseguía hacerse con buena parte de la red territorial de líderes locales construida por UCD desde el poder. A partir de ahí, la Generalitat hizo el resto, convirtiendo a CiU en el receptor natural, entre otros, de aquellos votantes catalanistas de centroderecha y de identidad dual.

Esta evolución dejó una fuerte impronta en la evolución del PP catalán: le convirtió electoralmente en el partido del españolismo de derecha. También tuvo consecuencias para el PP nacional: cuando llegó al gobierno, Cataluña se convirtió para el PP en un Grupo Parlamentario (CiU) que completaba o reforzaba su mayoría en el Congreso de los Diputados; y cuando estaba en la oposición, Cataluña era el talón de Aquiles del PSOE adónde se debían dirigir todas las flechas.

Y esto, como sabemos bien, ha condicionado en numerosos momentos la política del PP respecto al autogobierno en Cataluña. Muchos se acuerdan de la recogida de firmas contra el Estatut o del recurso ante el TC, pero olvidan un instante quizá más determinante para la deriva posterior: cuando Génova forzó la retirada de Josep Piqué de la ponencia parlamentaria para la reforma del Estatut en 2004, rompiendo las opciones para que Maragall pudiera contar con un contrapeso con el que contener la inminente subasta al alza que ya se intuía entre CiU y ERC. Aquella subasta que no dejaría de elevarse hasta concluir en una DUI el pasado 27 de octubre.

¿Podrían haber sido las cosas distintas? ¿Podrían ser distintas?

Mientras CiU mantuvo el predominio en la política catalana, el PP careció de opciones reales para convertirse en un partido de gobierno, incluso a pesar del momento Vidal-Quadras en 1995.

Consciente de esa limitación, Aznar planeó aprovechar un momento idóneo -la jubilación de Pujol y la pérdida del gobierno por parte de CiU- para propiciar una operación de entente entre el PP y una parte de CiU, más allá del ámbito estrictamente parlamentario. Una UPN catalana. Pero la excepcionalidad de las elecciones de 2004 tumbó esos planes y el Estatut hizo el resto para alejar el escenario.

Sin un PP fuerte en Cataluña -y para ello, penetrado dentro del electorado catalanista- es más difícil el Estado gane la empatía necesaria para afrontar con fuerza el pulso del soberanismo a largo plazo. Pero también reduce su capacidad de influencia en Cataluña para actuar en las cuestiones más divisivas de la sociedad catalana.

Por supuesto, se dan algunos obstáculos que no existían hace una década y media. No solo el descrédito de este partido por sus problemas de corrupción. Tras la llegada de Ciudadanos, el PP ya no es ni siquiera la opción principal para el electorado de identidad predominantemente española.

Todo ello hace bastante difícil, incluso inverosímil, imaginar cualquier tentativa para que el PP participe en una reconstrucción del catalanismo de centroderecha. Pero con ello también se complican las opciones para una solución a esta crisis política que no desemboque en una Cataluña belga, partida en dos comunidades. ¿Podrá Ciudadanos tomarle el relevo?

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