La curda

Una compañía en quiebra y un Estado considerado opresor atrapan a millones de personas

Pablo Aranda
PABLO ARANDAMálaga

Más de dos millones de catalanes se sienten atrapados en España y miles de viajeros británicos se quedan desamparados en la Costa del Sol. Si a los catalanes que quieren la independencia se suman los que defienden un referéndum los dos millones se triplican. Si a los miles de británicos que se han quedado sin vuelo de vuelta en la Costa les sumamos los del resto del mundo llegamos a los cien mil, que no son hijos de san Luis. La Policía y la Guardia Civil reprimieron con violencia la votación del domingo de una manera innecesaria y torpe, pues se buscaba que no votasen y votaron, y las imágenes sirvieron para ilustrar el relato independentista. La presencia policial aumenta la sensación de Estado opresor y convence a los descreídos sin reportar beneficios a cambio. Había mucho en juego y jugando a ganar el Gobierno ha vuelto a perder. El clamor ayer era inmenso y muchos amigos catalanes se extrañaban de que no secundásemos la huelga desde aquí, asombrados de la violencia de los antidisturbios, que les ha parecido inédita. La violencia pudo haberse evitado, tuvo que haberse evitado, pero de inédita nada. Recordemos las protestas en los astilleros de Cádiz, la provincia española con más paro, o la actuación policial en las protestas del 15M, también en Barcelona, donde los antidisturbios esta vez fueron de los mossos.

La aerolínea británica Monarch anunció anteayer el cese definitivo de actividades por quiebra. Los turistas británicos ya apenas pueden beneficiarse del fraude de las diarreas y encima se quedan en tierra, donde deberán abonar las deposiciones (qué redundancia). El gobierno real se hará cargo de las vueltas y el aeropuerto de Málaga perderá seis vuelos diarios. Miles de británicos esperan al sol ser repatriados mientras muchos catalanes no entienden la actitud de los de fuera ni, no nos engañemos, muchos de los de fuera no entienden la actitud de los catalanes. Si es que hasta molesta que un catalán hable en catalán. Deberían habérnoslo enseñado en el colegio. Otro gallo cantaría, otros gallitos. También nos molesta que alguien sea partidario de un referéndum, y mucho más que sea partidario de la independencia, cuando son sentimientos tan respetables como los contrarios. Nos molesta tanto todo que en seguida saltamos y enredamos la red a base de insultos en varios idiomas y con una cantidad de faltas de ortografía insólita.

Siento lo que pasó el domingo y siento el paro en Cádiz y siento que los cinco libros que compré ayer resulten más caros que en Barcelona porque, aunque tengan el mismo precio, el salario medio de aquí es mucho menor que el de Barcelona. Y pago mis impuestos y reservo un cupo solidario y me incluyen en un grupo que les roba, dicen, pero en frente se topan con otros que también dicen barbaridades y me incluyen en su grupo y haría una huelga yo solo para reclamar mi individualidad. Somos unos privilegiados, y los catalanes todavía más. Estoy abierto a los cambios. Legalmente. Pero la huelga la haré por los kurdos, mientras algunos británicos aquí en la Costa alargan la curda.

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