Cultura española

MANUEL VILAS

Pobre literatura española, tan desamparada por ser eso: española. Pero qué demonios iba a ser, ¿alemana? ¿británica? Para que un escritor español más o menos joven, cuando es interrogado por sus gustos, suelte nombres de la tradición literaria española poco menos que hay que torturarlo. Todo el mundo te nombrará a Raymond Carver, a John Ashbery, a Philip Roth, a Foster Wallace, etc. Todos ellos, sin duda, excelentes escritores, especialmente porque no se apellidan Sánchez o Jiménez. Pero tan excelentes como esos o más son Miguel Delibes, Jaime Gil de Biedma o Juan Benet, por citar algunos. No nombres nunca a un escritor español entre tus padres literarios o parecerás el más tonto del pueblo, esa parece la máxima. Claro que si eres escritor de este presente de 2018, no esperes nunca que ningún escritor español del futuro te nombre a ti cuando tengas ochenta años y los jóvenes te recuerden que solo fuiste un escritor tristemente español. A ningún escritor estadounidense se le ocurriría hurtar a Faulkner, o a Hemingway entre sus padres ilustres, como nosotros nos quitamos de encima a Galdós, a Valle o a Cela.

La erosión de nuestra credibilidad cultural ocurre más entre nosotros que fuera de nuestras fronteras. Cualquier manifestación cultural extranjera nos parece mucho mejor que una nuestra. Nos tragamos el cine más alienante de Hollywood, y somos incapaces de afirmar que Berlanga es uno de los mejores cineastas de la historia, y que El verdugo es una de las películas más brillantes filmadas por un ser humano. El hecho de que Berlanga no triunfara fuera, como sí lo hizo Buñuel y ahora Almodóvar, no le quita un ápice de su grandeza. Pero España es incapaz de aceptar el mérito cultural propio si no viene refrendado por Europa o América.

El mejor ejemplo de esto es Cervantes. Si al autor del Quijote no lo hubieran exaltado los ingleses, nosotros seguiríamos pensando que solo fue un muerto de hambre. Y así con todo. Menuda ruina. Celebramos a Robert de Niro, pero somos incapaces de aceptar a José Luis López Vázquez como lo que fue: un actor extraordinario. Y lo malo es que, a esta altura de la historia, un país solo existe en virtud de su industria cultural. Y el problema más urgente que tiene España es recuperar la confianza en su cultura. Porque sin cultura no hay nada. Sin credibilidad cultural, un país solo es o mano de obra barata, como China, o una leyenda nuclear, como Rusia. Ni siquiera tenemos un Ministerio de Cultura. El progreso de un país es siempre progreso cultural. España tiene que saber incluir la cultura dentro de su industria turística. Esa es una asignatura pendiente de cualquier gobierno, y debería ser un objetivo político importante. La inclusión de la cultura dentro del atractivo turístico no puede ser tan complicada en un país que tiene las mejores pinacotecas del mundo. Arte, literatura, cine, historia, eso y mucho más tendría que ser la prioridad de la política española en el exterior.

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