Culpar a la víctima

RELACIONES HUMANAS

JOSÉ MARÍA ROMERA

Algo habrá hecho»: la frase sonaba, cortante y definitiva, tras los atentados etarras para tranquilizar la conciencia de testigos cobardes y de indiferentes desalmados. Era una forma de digerir el asesinato y volver a la vida normal después de ese ligero sobresalto que, pese al espanto inicial, así venía a tener una explicación. No se debía a la actuación criminal de unos canallas, sino a la imprudencia, el error o la provocación de un asesinado que hizo «algo», no era preciso detallar el qué. Porque el propósito comunicativo de la expresión «algo habrá hecho» no apunta tanto al esclarecimiento de una secuencia de sucesos como a la culpabilización de la víctima. No trata de encontrar una explicación del caso, sino de exonerar al verdugo convirtiéndolo en brazo ejecutor de un designio ajeno, originado en última instancia por la transgresión previa cometida por el asesinado.

Endosar la culpa a la víctima o equiparar esa supuesta culpa con la del agresor ha sido siempre una escapatoria fácil para huir de la incomodidad moral, un atajo que conduce terrenos más confortables donde uno puede desentenderse de lo acaecido y sobre todo del deber de la compasión. Ocurría con los atentados terroristas, pero el mecanismo reaparece en otras formas de agresión desde las debidas a la violencia machista hasta las causadas por el matonismo escolar, el acoso laboral o cualquier acometida del grupo contra el individuo distinto y desamparado. Uno de los ámbitos donde el 'victim blaming' se manifiesta de manera más brutal es en los delitos sexuales sufridos por las mujeres, ante los que emerge sutil o abiertamente la crítica al comportamiento de la agredida. Es la tópica y repugnante justificación escondida bajo el «van provocando» que se lanza contra la mujer a poco que lleve unas prendas de vestir determinadas, muestre sus dotes de seducción o simplemente salga sola a la calle en horas o por lugares al parecer inapropiados. La mera insinuación de un remoto motivo imputable a la víctima actúa entonces como atenuante -si no eximente- del único delito real, que queda en segundo plano.

Pero el «algo habrá hecho» va más lejos aún, pues ni siquiera precisa de un indicio en el que apoyar la sospecha. Cabría decir que la responsabilidad sobre el daño padecido se adquiere por el hecho de padecerlo, momento a partir del cual la víctima pasa a ser objeto de juicio y de la consiguiente condena. No sabemos con exactitud cuál es ese impreciso «algo» que constituye su pecado, pero sí tenemos la certeza absoluta de que lo ha cometido. Es decir, de que es culpable. Sin embargo la frase no indica «ha hecho», sino que se distancia de esa culpa mediante un futuro («habrá hecho») de probabilidad que implica a su vez un cierto desentendimiento del hablante: «Sé -nos viene a decir- que ha incurrido en una falta, la que sea, pero no tengo interés en conocerla».

LA CITAAlbert Camus «Todo hombre es un criminal que ignora serlo»

El interés de este «espectador indiferente» (como lo describió Aurelio Arteta en 'El mal consentido') no es solo criminalizar a la víctima para de ese modo eludir el compromiso, sino alejar de la escena al verdugo. Este, ausente en la frase, se convierte en un elemento ajeno al conflicto moral en su papel de ejecutor involuntario o inevitable de un castigo señalado de antemano. Maltratadores, agresores y asesinos reciben así la indulgencia correspondiente al amparado en su fragilidad, al señalado por el destino para seguir el dictado de una justicia superior. El crimen (que a estas alturas ya ha pasado a segundo plano) no habría tenido lugar si la víctima no hubiera desencadenado con su conducta anterior un movimiento donde el verdugo actúa, a fin de cuentas, como una pieza del fatídico engranaje. El violador se habría mantenido a distancia si la mujer no hubiera decidido ese día ponerse minifalda, el matón de pasillo no habría pateado al débil de la clase si este no se hubiera cruzado a su paso y el policía torturador no habría descargado su ira contra el preso si hubiera recibido la confesión buscada.

Esta clase de evasivas morales mediante el desplazamiento de la culpa responden a un mecanismo psicológico de conservación en el que el individuo busca la manera de protegerse convenciéndose de que el daño nunca le alcanzará a él puesto que no «hace» aquello que ha traído la desgracia al dañado. Pero son también un poderoso factor de cohesión de los grupos y sociedades envilecidas que prefieren dar amparo al malhechor antes que ponerse del lado del perjudicado. Cuando así sucede, el 'victim blaming' llega a contaminar incluso a los más cercanos a la víctima. Se da en familiares que dudan de la versión de la mujer maltratada o que, aun aceptándola, le exhortan a acatar al maltratador, y en padres y madres que dudan de que su niño haya hecho todo lo posible por llevarse bien con los abusones o por plantarles cara, sin término medio. Algo habrán hecho, o algo habrán dejado de hacer, piensan, para merecer el castigo. ¿Cabe mayor horror? Ninguna estrategia de apoyo a las víctimas de cualquier barbarie puede ser dada por buena si no empieza haciéndoles sentir por encima de todo que son comprendidas y de ninguna manera juzgadas. Es decir, evitando que sean víctimas por partida doble.

Fotos

Vídeos