CUESTIÓN DE HORAS

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

NO , no es que sea nada urgente, ni siquiera importante pero es que he leído recientemente algo que me ha sacado de dudas. Me ha parecido envidiable siempre la cubierta del escritorio del presidente de los Estados Unidos. La hemos visto muchas veces, la de de verdad en documentales y la cinematográfica en incontables películas que se han rodado sobre el tema. La Casa Blanca inmortalizada para mí por una desafortunada y errada frase del Doctor House y el llamado despacho oval que conozco como si fuera mío. Me he pasado muchas horas allí gracias a las pantallas, la pequeña y la otra, y estoy seguro de no perderme y encontrar todo el familiar mobiliario. Incluso creo, no estoy seguro, que lo visité hace tantos años con mi notario del alma que tiene una calle en Marbella. Mi envidia no proviene de la calidad de los problemas que pesan sobre esa mesa ni mucho menos del acierto de las medidas que se adoptan últimamente en ese entorno. Mi admiración proviene de la limpieza de su superficie. Me imagino que el polvo se lo quitan religiosamente por lo menos de manera cotidiana pero no es sólo eso de lo que le alivian. Si se han fijado, nunca hay ningún papel en lo alto. Ni uno. Y no significa que su ocupante tenga la vida precisamente fácil. Siempre se ha discutido por los que de esto saben si al cliente, cuando es un cliente el que acude al despacho, se queda bien o mal impresionado si aprecia pilas de carpetas y papeles o, por el contrario, se enfrenta a una patena. Como cliente, prefiero la segunda alternativa. La primera me da la impresión de desatención y de desorden porque aquellos que me hablan de un orden propio y que saben encontrar cualquier cosa dentro de un desbarajuste me parecen unos egoístas y unos desconfiados. Claro que hablando de desconfianza, me temo que el que me recibe ante un inmaculado despacho debe tener otro donde realmente trabaja y éste sólo se usa para cazar giles como diría mi vecino. Como en todo, en mi sitio, trato de ir a un justo medio. A mi derecha dejo las carpetas en las que estoy trabajando, nunca muy numerosas porque no soy capaz de actuar en muchas cosas al mismo tiempo y el resto lo dejo vacuo.

Bueno, a lo que iba. El actual y, esperemos que no por demasiado tiempo, ocupante del edificio en cuestión ha dado a conocer su horario. Como cualquier funcionario que se precie, él no deja de serlo por muy empingorotado que esté, a las cinco, pica billete. Llega a las once de la mañana, por suerte, imaginémonos lo que haría si llegase más temprano, y después del horario que se ha impuesto se dedica, no a leer a los clásicos o a escuchar ópera sino a ver televisión y ¡atiza! a enviar mensajes a las redes sociales. Leerlos, no lee ni siquiera los propios porque si los repasara, no los remitiría. Este sistema deberíamos, creo, adoptarlo todos, no lo de escribir tonterías ni tampoco aparecernos a media mañana sino ordenar nuestros calendarios y programas diarios. Dicen por ahí que los andaluces no trabajamos. Que vivimos de los eres y que nos pasamos la vida en ferias y fiestas. Mentira podrida. Laboramos tanto o más que cualquiera pero lo hacemos de manera poco organizada. Es verdad que madrugar, lo que se dice madrugar, hay latitudes en que el abandono de la cama se hace antes, claro es que el sol sale también antes por este capricho absurdo de mantener el huso horario de los alemanes que están bastante más al oriente en lugar del de los británicos y portugueses que es más agradable y que nos toca de cerca. Una vez en pie, se está activo el día entero y buena parte de la noche pero entre entradas y salidas, se va la jornada. Las calles está llenas a horas en las que sólo deberían poblarlas los jubilados y los parados. Se ven muchos que no son turistas precisamente pero que están trabajando, se supone. Debemos aprender de los niños que durante la temporada lectiva no se les ve por parte alguna. Sería bueno que redujésemos el número de horas de trabajo, en la dirección contraria a la indicada por el Tribunal Constitucional y concentrásemos nuestros esfuerzos durante el período oportuno. El resto podríamos dedicarlo a lo que quisiésemos e inevitablemente a comprar, consumir y gastar para el beneplácito del erario público que se embolsa el IVA de todo cuanto adquirimos.

Y si recortamos el horario de presencia no se resiente demasiado la producción si optimizamos el rato que estamos frente al banco de la galera turquesca.

Si se necesita más fuerza, pues se contrata más gente y se reduce de pasada el paro.

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