Los cuerpos

MANUEL VILAS

La gente también vota cuerpos. Porque lo primero que vemos cuando miramos a un político es un cuerpo. Es inevitable. En eso me fijé cuando vi el programa de televisión que Bertín Osborne dedicó a Inés Arrimadas. Vi que Arrimadas era una mujer menuda y eso que calzaba buenos tacones. Claro que Bertín es tan alto como García Albiol. Si pones a García Albiol junto a Miquel Iceta te salen un Don Quijote y Sancho muy logrados. Los medios de comunicación nos imponen la fama de los políticos. Dicen que nos fijemos en sus propuestas. Pero sus propuestas son tan irrelevantes como ellos. Lo divertido es mirarles el cuerpo y la cara. Cada vez que veo a Ada Colau mis ojos se van hacia el grano o verruga que ocupa una aleta de su nariz.

Cómo no fijarte en los rostros de los políticos si están todos los días en primera plana de los periódicos, de las televisiones y de las redes sociales. Su fama es inmerecida. Venguémonos de su fama recordando sus célebres cuerpos. La perilla de Xavier Domènech parece un adorno de Navidad. Carles Mundó es, simplemente, un hombre feo. Josep Rull parece una rana. El creyente Oriol Junqueras tiene dos ojos mal avenidos: uno mira a Dios y el otro a Puigdemont. Venguémonos de toda esta gente que nos ha hecho la vida imposible, que se han convertido en un problema insoportable. Marta Rovira se parece a Marlene Dietrich en la misma medida que Soraya Sáenz de Santamaría es clavadita a la hormiga atómica. Pedro Sánchez es alto y guapo, pero esos dos atractivos físicos solo le sirven para acentuar que solo es alto y guapo. Pablo Iglesias tiene un cuerpo insípido. No significa nada. Más insípido es el cuerpo de Mariano Rajoy, pues se trata de un cuerpo sin nadie dentro. Tengo nostalgia del cuerpo de Adolfo Suárez, que tenía una suave inclinación a la melancolía. Nostalgia de las gafas de pasta de Alfonso Guerra. Puigdemont es ancho de hombros y tiene el cuello corto y un andar desacompasado. Parece un guardia civil de paisano.

Menuda iconografía política. Todos parecen decimonónicos guardias civiles camuflados, curas de paisano, obispos de posguerra disfrazados. No son políticos modernos sino viejos fantasmas de la historia que no amaron ni a los españoles ni a los catalanes. Esta gente no nos ama, por eso nos hace la vida imposible. Deberían quitarnos de la vista todos estos cuerpos sin amor y traernos otros cuerpos más ilusionantes. Que resuciten Elvis Presley o Chiquito de la Calzada. No hay alegría aquí. Y donde no hay alegría ni amor no hay nada. Espanto, eso es lo que hay. Todos estos cuerpos nos han traído espanto y mediocridad y miedo y poco dinero. Poco dinero para nosotros. Mucho para ellos. Alégrate, Artur Mas, de tener un piso en Barcelona que vale un millón de euros. El 90% de los catalanes jamás tendrá un piso así. Y encima aún tienes buena mata de pelo y no te has quedado calvo como tu padre, el honorable Jordi Pujol.

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