Cuentos de Navidad

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

La parábola desarrollada por Charles Dickens en su novela 'Cuentos de Navidad' me hace pensar en las intervenciones providenciales. Precisamente Scrooge, el repugnante avaro protagonista del relato dickensiano, recibe la visita del fantasma de un antiguo socio y se convierte, de repente, en un benéfico abuelito que irradiará tanto dádivas sustanciosas como té y simpatía. No me negarán que se necesita un candoroso estado de ánimo para creer que los milagros son posibles, aún cuando en ocasiones rozan la esfera de lo grotesco, ese es el caso de la repentina transformación de Scrooge, pero Dickens era Dickens y sus límpidas instantáneas fijaron una época, la victoriana, en que la hipocresía, el abuso y la desigualdad iban de la mano, y el autor no se detuvo en la denuncia, es más, hizo de ella un género de primer nivel. No en vano, un tal Carlos Marx afirmó que 'Historias de dos ciudades', otra de sus grandes novelas, había hecho más efecto que su objeto histórico, la Revolución Francesa. Y es que los cuentos de Navidad, la Navidad en sí misma, es una celebración que pertenece más a la nostalgia, a la melancolía, a recuerdos poblados de sombras, que a la realidad, por pertenecer gráficamente la Navidad pertenece al universo de los grabados de Gustav Doré, a las sociedades minúsculas de Brueghel, a las chimeneas ardiendo en las películas del 'american way of life' o a las edificantes estampas publicitarias de Norman Rockwell.

En España el nacimiento de Jesús viene acompañado de la eclosión exagerada de pavos rellenos, langostinos tigre, jamones de pata negra, quesería exquisita, amén de un río de peladillas y mantecados, frutas escarchadas, turrones, mazapanes, etcétera, que combinan con todo tipo de variantes gastronómicas regadas por buenos vinos, ya saben que en la piel de toro los caldos son de primera fila, y espumosos de distinto origen. Convendrán conmigo que después de atiborrarnos poco lugar queda para la reflexión, o la conversación -que si se mantiene con toda seguridad abordará el resultado de las elecciones catalanas-; en fin, uno acaba arrastrándose, nómada de sofá en sofá, sosteniendo simbólicamente el libro que deseamos terminar y que a los dos minutos se nos cae de las manos porque Morfeo nos abraza e hipnotiza y con sutil pericia logra vencernos. Y encima, todas las formas de desorden gástrico se establecen en nuestro organismo que resiste como puede semejantes atracones. También es una ley invisible pero inexorable el que cada año transcurrido uno va dejando atrás las ilusiones, dejando atrás la infancia -por mucho espíritu 'peterpanesco' con el que forzadamente queramos investirnos-, y los seres queridos van desapareciendo. Es ley de vida, dicen, pero ¿de qué ley y de qué vida estamos hablando? En los días navideños, desde luego, se trata de una existencia en la que se incrusta en ella una vena de corcho que nos impulsa a la superficie de las cosas, existir para consumir, y/o viceversa. Si a eso parece reducirse la Navidad, entonces, apaga y vámonos.

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