Cuento de Navidad

Hoy conmemoramos una historia fabulosa y que como todas las historias hermosas e increíbles nos embelesan, nos apartan por un momento de la realidad y nos hacen concebir de nuevo una cierta esperanza

Los lectores del SUR representan muy bien a la sociedad de Málaga. Es muy probable que usted, lector, sea un buen creyente y mejor practicante, pero también que sea agnóstico o ateo o musulmán, taoísta o brahamánico. Pero sea lo que sea, en estas fechas no le quedará más remedio que escuchar los villancicos en las tiendas y en las calles o vivir el ruido, el color, el sabor de estas fiestas navideñas que rememoran nada más y nada menos que el nacimiento del hijo de Dios, hace 2017 años.

Ninguna otra teodicea se había atrevido a tanto. Fue el final de un largo camino que comenzó con la revolución cognitiva hace unos 100.000 años cuando el homo abandona su pelaje y se hace definitivamente sapiens, continua con la revolución neolítica una época en la que, ahora definitivamente humanos, junto a la agricultura y la construcción de asentamientos permanentes, nuestros antepasados, que acababan de descubrirse a sí mismos reflejados en las tranquilas aguas de un lago, convierten en dioses los sueños y los miedos que habían poblado las largas noches en las cavernas. Pero es esta también una época en la que cambian las relaciones entre los hombres y las mujeres y sobre todo las relaciones de poder, pues la sedentarización obliga a modelos de organización social muy distintos a los de su antepasados cazadores-recolectores. Una época que los antropólogos identifican como el comienzo del patriarcado. Y es al final de este periodo, todavía en el Neolítico, cuando en alguna parte del Oriente Medio los hombres se encuentran con un Dios poderoso, eterno, caprichoso, a veces mal encarado, capaz de pedirles a sus hijos los mayores sacrificios, como el de Isaac. Un Dios sospechosamente parecido a los hombres (varones) que ya en ese momento gobernaban su mundo. La victoria de aquel Dios sobre todos los demás dioses cambió el mundo. El hombre al fin tenía un interlocutor digno de sus sueños. Un interlocutor a su imagen y semejanza.

Pasaron varios siglos y en aquellas tierras de guerreros, comerciantes, agricultores y pastores, comenzaron a surgir profetas que ponían en cuestión los excesos de aquel Dios arbitrario, caprichoso y cruel. Muchos de aquellos profetas anunciaban la venida de un mesías, del hijo de Dios, que traería un nuevo mensaje. Muchas profecías fueron falsas, pero por fin llegó una cuyo mensaje, que ahora llamamos evangélico, prendió. Predicaba el amor entre los hombre, reclamaba la pobreza de espíritu, la paz, la piedad y el perdón. No hagáis a los demás lo que no queráis que os hagan a vosotros mismos. Y el discurso caló en algunas pocas gentes, las suficientes para ir por ahí contándolo. Como después se ha dicho tantas veces, el verbo, la palabra de Dios, pero de un Dios nuevo, cercano, se hizo carne y decidió vivir, disfrutar, penar, habitar, en fin, en la Tierra.

La historia era tan increíble que quizás por eso mucha gente la creyó. Dios, el hijo de Dios, encarnado en un vientre de una mujer concebida sin pecado original, de una manera misteriosa que hoy llamaríamos, si no fuera una ucronía, gestación subrogada, casada con un hombre José al que la historia no ha hecho justicia y al que otro José, premio Nobel de Literatura, Saramago, le convierte en personaje central de una novela, tan fabulosa e increíble como esta historia que en esas fechas conmemoramos. Pero sea como sea, que más da, bastantes años después de su pasión, muerte y resurrección algunos de entre sus seguidores (los evangelistas) deciden transcribir su testimonio. Y este testimonio ha presidido toda la historia de Occidente hasta llegar hoy aquí a estas fechas navideñas en las que se conmemora su nacimiento en Belén a donde María, su madre y José su padre putativo habían llegado para empadronarse, en una cuadra en la que el único calor era los del buey y la mula. No estuvo solo y la historia sagrada nos cuenta la visita de unos personajes, unos viajeros, unos magos elevados a la categoría de reyes, que le ofrecieron oro, incienso y mirra.

Hoy celebramos su nacimiento pero fue su pasión, su muerte y su resurrección lo que hizo que hoy recordemos a aquel niño-quimera, hijo de Dios y una mujer, pues con su muerte, ya anunciada en todas las escatologías, comienza una nueva era en la que el hombre es liberado del pecado original al que su padre el Dios inmisericorde del Viejo Testamento había condenado a los primeros humanos por su empeño en comer de la fruta prohibida del árbol de la sabiduría. De intentar ser, en fin, como Dios. ¿Valió la pena tan trágico empeño? Hoy en términos geoestratégicos diríamos que, tal vez, no. Después de más de 2.000 años su mensaje nacido con vocación universal no ha llegado sino a una pequeña parte de la humanidad y, además, allí donde llegó muy pocos se lo toman en serio. Incluso otras teodiceas mucho más increíbles y desde luego menos hermosas que la que hoy conmemoramos desplazan su memoria en todo el mundo. Pero su fracaso era ya también un fracaso anunciado.

Aquel niño no vino a cambiar el mundo sino a cambiar la naturaleza humana y esto es demasiado, incluso para el hijo de Dios. Y es precisamente en este fracaso de donde reside todo su éxito, su trascendencia. Porque ¿qué otra cosa es la historia del hombre sino la historia de un fracaso anunciado? La historia de un largo camino hacia ninguna parte desde lo más profundo del origen de la vida, hasta llegar en su desvarío a creerse el hijo de Dios. Una historia fabulosa que hoy conmemoramos y que como todas las historias hermosas e increíbles nos embelesan, nos apartan por un momento de la realidad y nos hacen concebir de nuevo una cierta esperanza. Pues ¿qué otra cosa es la esperanza si no la mejor ayuda para enfrentarse a la realidad?

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