CRÍTICA DE LA CEGUERA

FÚTBOL ESCRITO

JOAQUÍN MARÍN D.

Como no sea que la ceguera sea desde ahora una condición voluntaria, hay que admitir que tenemos un problema con el Málaga. Todos: aficionados, abonados, simpatizantes, directivos, periodistas, el entrenador, el director deportivo, el propietario y hasta los 'reventaores', que, entrañables, están estos días en su salsa. Soslayar que la situación actual del equipo es preocupante es sencillamente un ejercicio de irresponsabilidad; sólo a un optimista irredento que cierra los ojos a lo que percibe y sucede se le ocurriría no estar alarmado. Ya no son tres o cuatro los partidos perdidos, algunos de medio tiempo, otros más pachangas que pruebas exigentes. Es que los siete compromisos de pretemporada se han perdido, es decir, todos, con dos goles marcados solamente. A las puertas del Trofeo Carranza (mañana y pasado) y a once días para que las derrotas sí cuesten puntos, crisis y demás.

Hay que desengañarse: el espejismo del verano pasado, con fichajes ilusionantes de verdad y la permanencia en la plantilla de todos los pesos pesados, ha devenido este año en fuga de talento y reemplazos con, hasta el momento, más incógnitas que realidades. Porque incógnita es Cecchini, incógnita es Baysse, incógnita es Diego González, incógnita es Kuzmanovic. ¿Son malos jugadores? No, claro; pero el Málaga necesita realidades, más, como sí son Borja Bastón, Adrián o Juan Carlos.

La pérdida de Sandro, asumida desde el día de su firma como malaguista, no dolió. Si acaso, picó un poco la celeridad con que se fue. La marcha de Camacho se podía esperar y hasta entender tras un ciclo brillante en La Rosaleda. Pero la huida de Pablo Fornals, traumática, descorazonadora, completó una estocada perfecta al malaguismo, que asiste con sorpresa a enfrentamientos públicos y publicados entre el presidente y el entrenador a cuenta de un jugador, Javi García, tan necesario como el que más. No estemos ciegos.

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