La crisis de los cincuenta

Cita en el Sur

Pablo Aranda
PABLO ARANDAMálaga

Cuando tras practicar deporte me duele aquí, doctor, llamo a un amigo preparador físico y le digo que me duele aquí. Suele replicarme que normal, tío, si ya no tenemos veinte años. Ayer fue rescatado en Parauta un hombre de cincuenta y dos que se encontraba en el agua, haciendo espeleología en una cueva a ochenta metros de profundidad. ¿Pero a Parauta no se va a coger castañas, que están en la superficie? Al leer el periódico la claustrofobia agazapada en la noticia me ha saltado al cuello. Dos páginas después me esperaba una encantadora señora también de cincuenta y dos años que se ha escondido de la policía en un canapé. Los canapés son unas tapas breves que se zampan de un solo bocado, aunque también puede ser la boca de la cama, que se zampó a la señora de un bocado y salió roja, como las pastillas que vende y por lo que la buscaba la policía. La policía no es tonta, y cuando oye que una cama tose sabe que dentro hay gente. Las camas crujen, pero no tosen. Tosen parece el nombre de una ciudad alemana. La crisis de los cincuenta nos hace ver que este valle, además de anegado de lágrimas, lo está de lodo y porquería, y que seguimos adelante porque... ¿por qué seguimos adelante? Justo al tratar de responder la fatídica pregunta comienza para muchos la crisis de los cincuenta y tratan de cortar camino. Puigdemont tiene cincuenta y cuatro y ha recurrido al bricolaje, construyendo un canapé gigante que pretende darle un bocado, se lo ha dado, a España, y en frente tiene a Rajoy Brey (el de las cincuenta crisis de Brey), de sesenta y dos, aficionado a caminar rápido allá donde va, con el riesgo de pasarse.

La marcha del mundo depende en gran medida del camino que deciden tomar ciertos adultos al cumplir los cincuenta y tantos. Somos tan vulnerables que no nos vale ni quedarnos quietos. También ayer, un hombre de setenta y nueve años estaba tranquilo en El Palo y le cayó una terraza encima, así que además de claustrofobia me ha dado un ataque de vértigo invertido, por si me asomo a mi terraza y po. Menos mal que no tengo terraza. Me encantaría vivir en campo abierto, pero no hay quien le ponga puertas al campo y se me llenaría el salón de gente, así que mejor seguir en un piso. ¿Ven? Es difícil alcanzar el estado ideal, siempre hay pegas, así que hagamos un pacto con el entorno adaptándonos un poco y tratando de no fastidiar demasiado al prójimo, que es como se pronuncia próximo en algunas zonas cercanas a Parauta, que por cierto me encanta, sobre todo la superficie. Nuestra felicidad, y nuestras vanas complicaciones, están cogidas por pinzas, así que no nos interesan afectados por su crisis personal que nos hagan este valle menos transitable. De camino no estaría mal que las terrazas las apuntalasen en condiciones. Una señora comentaba la noticia de la caída de la terraza dándole gracias a Dios y a la Virgen del Carmen. Pero si le cayó encima a un señor. Eso sí, salió vivo y ahora, cada vez que se acuerde, mirará a los cielos.

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