Criminales creadores

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Nos dicen los bienpensantes que ahora debemos renegar de Woody Allen. Está bien. Si se demostraran los rumores y los indicios que sobrevuelan su cabeza, el individuo sería digno del más absoluto desprecio. Pero, ¿sus películas también? El asunto no es nuevo. En el ramo del cine ya tuvo un largo eco el caso Polanski. En realidad, el asunto empezó poco después de que los hermanos Lumière grabaran la salida de obreros de una fábrica de Lyon. En el cine mudo cobró triste notoriedad Fatty Arbuckle, famoso actor de la época, que en una de sus siniestras orgías violó a una aspirante a actriz con una botella causándole una peritonitis y la muerte. Que los abusos son un crimen de la más baja estofa no escapa a nadie salvo a los abusadores. Tampoco que la industria del cine es propensa a ese tipo de conductas. Anoche pudo verse la llamarada de abanicos rojos en la ceremonia de los Goya para recordárnoslo.

Sin embargo, y volviendo a Allen o a Polanski, ese no es el eje de esta reflexión. La cuestión es si sus películas deben ser proscritas, como algunos pretenden. Si la obra de un creador criminal debe atarse al individuo y echarla con él al fondo del mar. A pesar del clima que estamos viviendo, con machos alfa que transforman sus inseguirdades y sus fracasos en violencia contra la mujer, la respuesta tendría que ser No. La defensa de la dignidad femenina, del incuestionable derecho al respeto en cualquier estamento público o privado -cine, política, ejército, deporte, Weinstein, Trump, Bobadilla, Larry Nassar- no puede entrar en colisión con el valor artístico de unas determinadas obras por mucho que quienes las hayan creado sean unos miserables. Ellos deben ser perseguidos y castigados por la Justicia. Lo que han creado no.

El dilema, como decíamos, no es nuevo. Y tiene muchas derivadas. Por ejemplo, Louis Althusser, el filósofo estructuralista, estranguló a su mujer. Norman Mailer apuñaló, aunque sin matarla, a una de sus seis esposas. ¿Prescindimos de la obra de Althusser? ¿Dejamos de leer 'Los desnudos y los muertos', una de las novelas cumbres de Mailer y seguramente de la literatura del siglo XX? Y aún más. Knut Hamsun, premio Nobel, inmenso escritor noruego, colaborador nazi, antisemita. Céline, Drieu La Rochelle, dos grandes escritores franceses igualmente colaboracionistas y pro nazis, o su entusiasta compañero germanófilo Robert Brasillach. Los tres primeros pagaron de un modo más o menos costoso su apoyo a la política supremacista de Hitler. Brasillach fue fusilado por el mismo motivo. Sepultar lo que escribieron no añadiría pureza a la condición humana, se la restaría. Supondría el inicio de una artimética inacabable y finalmente reaccionaria, apelando indefinidamente a una pureza cada vez más estrecha. Porque del mismo modo habría que cuestionar a Gorki, por bailar el agua a Stalin, y siguiendo el hilo, ¿por qué no a Alberti, por ejemplo, por posible connivencia con alguna checa madrileña? Mejor dejar que los criminales paguen sus crímenes en los tribunales o en las cárceles. Pero no paguemos todos haciéndonos más pobres y más ciegos.

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