Crímenes excepcionales

La policía hace lo que puede en medio de las dificultades que ofrecen el terreno y la profesionalidad del crimen organizado

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Desde hace dos semanas Marbella y alrededores son campo del hampa. Aparecen cadáveres en los maleteros de los coches, secuestran a individuos, los encapuchan y apalean, se producen balaceras y alguna comunión, como en los bautizos de Coppola, acaba con un tiroteo y un muerto. En este caso un tal Maradona que no pudo regatear los cinco tiros que le endosó un sicario. El fenómeno no es nuevo en la zona. Hubo un tiempo en el que, siguiendo igualmente el guión de los maestros Coppola o Scorsese, los comensales acababan con la cara metida en el plato de spaghettis y dos tiros en la nuca o se disparaba desde los coches a los miembros de la banda rival. El laberinto de urbanizaciones de la Costa del Sol, la movilidad de la población y un aeropuerto cercano conectado con medio mundo atraen a esa especie de turismo criminal.

Una lacra que además de peligrosa para la población local erosiona el turismo normal y endosa a la zona el subtítulo de territorio comanche. La policía hace lo que puede en medio de las dificultades que ofrecen el terreno y la profesionalidad del crimen organizado mientras que su superior máximo, el ministro de Interior, da muestras de su clara incompetencia. El cerebro del Piolín, el señor que ofreció al separatismo catalán su máxima coartada con las cargas policiales del 1 de octubre para, una vez tomadas las imágenes, permitir que se votara en el fraudulento referéndum, afirma que los crímenes de Marbella tienen un carácter excepcional.

Si con sus absurdas maniobras Zoido se mostró como un magnífico publicista del soberanismo más radical, en este caso nos muestra el revés de la moneda. Trata el hombre de quitar hierro -mejor dicho, plomo- al asunto, y enmarca la cadena de crímenes dentro del azar para a continuación lanzar el manido eslogan de la impotencia: no habrá impunidad, los culpables serán castigados, etcétera. La cuestión la zanjaba el señor ministro con una reflexión digna de Spinoza. «En Marbella hay menos delitos que en otros sitios». Sí. Sí, señor ministro. Un rayo de clarividencia ha cruzado por las zonas más umbrías de ese cerebro penumbroso que en su día nos aseguró categóricamente que no habría urnas y que no habría papeletas en el 1-O y que ahora nos revela ese pensamiento luminoso, ese dato destinado a tranquilizar a los hoteleros, a la industria turística y a la población en general. Sí. En Guatemala, en Tijuana e incluso en Sao Paulo hay más delitos que en Marbella. Y si se refiere al territorio español, pues también puede elegir las rías bajas o La Línea, pero eso ni es consuelo ni argumento, como tampoco lo es acogerse a unas estadísticas que las dos últimas semanas han volado por los aires. Ignorar el problema, no querer afrontar que el tráfico de drogas y el crimen organizado están detrás de esos sucesos, es el mejor modo de no solucionar el problema. Algo en lo que el señor ministro se va especializando cada vez más y mejor.

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