No me creo esos claveles

FRANCISCO APAOLAZA

El amor a cualquier patria tiene dos patas: el amor y el enemigo. No se puede hacer un país si falta uno de ellos, pero en todos los procesos hay diferentes proporciones. El amor a Cataluña es bueno, como todo lo que se quiere. La identidad común, el orgullo de lo que se es, la simpatía y el cariño hacia lo propio, aunque se sepa que no es lo mejor, resulta inalienable. Hasta el último diablo tiene derecho a salir a las calles de su pueblo, reconocer el giro pausado del aire, el olor familiar, la perspectiva del lugar de uno, la luz si acaso, un acento, un sabor, un idioma, lo que sea, digo, y sentir que ama aquello y que, si alguien lo mirara sin verlo allí, andando, oliendo, viviendo y hablando, nunca podría llegar a comprenderlo del todo. En este sentido, la patria no es más -ni menos- que una extensión de la familia.

Lo malo es la frontera. Lo malo es cuando la patria se basa en odiar el resto de lugares, el resto de acentos, el resto de olores, las esquinas en las que también giran de vez en cuando, y sin explicación aparente, los aires de la infancia de otros.

El odio hace que las patrias -también la española- crezcan grandes pero cojas, feas y sucias, por mucho que las blanquee una rave sentimental en la que hasta a Oriol Junqueras se le está poniendo cara de William Wallace. Ese es el nacionalismo del odio al enemigo -y lo he conocido de cerca- el España ens roba, las cosas de los españoles txakurras del País Vasco de los años de plomo, los maketos de Bilbao de principio de siglo, las listas políticas, el acoso, las cruces en las puertas, los derechos de admisión en los bares en los que no se sirve a 'perros' españoles... Desde Sabino Arana a la CUP, de Rentería a Calella, a todos esos nacionalismos les rezuma por los bajos la lacra apestosa del racismo. Todos terminan por razonar que los miembros de la patria enemiga son peores que ellos. Siempre ahondan en la xenofobia. La patria del odio, pensada, es dañina, es pobre y es ridícula. Impuesta resulta intolerable. En eso no puede ceder España.

No me creo esos claveles. La Cataluña que emerge entre las flores a los Mossos se sustenta también en el odio del reproche, pues se edifica contra el muro de España. La aventura enloquecida del Govern solo tiene cabida en su propia imposibilidad de llevarse a cabo. La imposibilidad del Estado de partir peras es, al tiempo, el carburante del independentismo y su red del equilibrista. Al independentismo le salva que no puede llevar a cabo su proyecto. Le salva España. Qué absurdo.

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