La cortinilla del honorable Puigdemont

LA TRIBUNA

Siento tener que volver a hablar de esta dichosa «pasión catalana». Pero es que es el asunto más importante que afronta actualmente España. Se ha tardado mucho en tomar conciencia de una perniciosa deriva, fraguada desde hace tiempo

Así como la desaparecida cortina de acero trataba de ocultar la verdad del comunismo soviético, la cortinilla de Puigdemont, que oscila en su frente al compás de sus veleidades históricas, trata de manipular la verdad de lo acontecido en el pasado, para verificar un modo de formación del espíritu nacionalista con todo los ingredientes propios del adoctrinamiento. Para ello no se priva de tergiversar los hechos. Y hasta le concedo el beneficio de la duda de que, a lo mejor, detrás de la cortinilla, campea simplemente la ignorancia. No obstante, como hoy, gracias a Dios, determinados foros permiten, como en el famoso banquillo del Hyde Park londinense, decir toda clase ocurrencias, el señor presidente de la Generalidad ha impartido una conferencia en el Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Harvard, situando el origen del parlamentarismo mundial en una ciudad -entonces catalana y hoy francesa- allá por el Siglo XI. Pero, hete aquí, que, enterado de este hecho, el Señor Alcalde de León, en una carta, ha recordado correctamente al honorable presidente algo que muchos saben: que la verdadera «cuna del parlamentarismo», ha de situarse precisamente en León, en 1188, como ha reconocido la UNESCO. Y no es que al convocante de ese Parlamento, el rey Alfonso IX, le hubiese dado un insólito ataque de democracia, pues, a la sazón, tal concepto dormía en la antigüedad de los tiempos griegos. Como casi siempre, en política, la realidad es mucho más vulgar. Recién coronado el monarca, se dio cuenta de lo exhaustas que andaban las arcas públicas y como sabía que, con la nobleza y el clero, no sumaba los votos suficientes, acudió a la plebe, a través de sus representantes, elegidos en pueblos y ciudades, con erarios más boyantes. Y así fue la cuna de ese novedoso Parlamento, alojado en tal ocasión, nada menos, que en el claustro de la Real Colegiata de San Isidoro que, si no conocen, no pueden dejar de visitar.

No me resisto a consignar literalmente, dos párrafos del señor Silván, Alcalde de León. Una, dirigida al Sr. Puigdemont. Le dice en su carta: «Como representante de la ciudadanía, al igual que usted, considero que nos debemos servir de nuestra responsabilidad pública para unir y no para dividir, para respetar y no menoscabar, para construir y no para separar». La otra, dirigida a quién esto escribe -contestando a mi carta de felicitación por aquella- y diciendo: «Es labor de todos construir la convivencia entre españoles y que los hitos históricos de los diferentes territorios de España sirvan para su cohesión». Ahí queda eso.

Siento tener que volver a hablar de esta dichosa «pasión catalana», como le llama el señor Herrera. Pero es que es el asunto más importante que afronta actualmente España, como ha evidenciado el reciente encuentro de los tres expresidentes. Ha sido confortante verlos hablar, al menos así lo han escenificado, en buena armonía y en sintonía, respecto del asunto del separatismo catalán. Pero se ha tardado mucho en tomar conciencia de una perniciosa deriva, fraguada desde hace mucho tiempo, aprovechando, de forma maliciosa el sistema de libertades que nos dimos en España, para la espuria finalidad de desunirla en beneficio de los intereses políticos de unos pocos. Y para ello no dudan en utilizar una legalidad inventada -como decía en mi artículo anterior y, en éste, que también podría llamar: «una historia inventada»-, llena de hitos manipulados, dirigidos al votante más ingenuo, más ignorante o más rencoroso. No sé como se resolverá esto. Pero se ha estado demasiado tiempo contemplando a los manipuladores, maniatados por complejos históricos y paralizantes. Pero lo peor es que esta situación sigue siendo preocupante, a causa de partidos que se mojan poco, para evitar que se les escapen algunos votos en Cataluña. A los que constantemente apelan a la solución «política», me gustaría que me precisasen más, en que puede consistir dicha solución, dentro de la legalidad, la justicia y la igualdad. Especialmente me preocupa la situación de un gran partido, que debía ser clave en coadyuvar a la integridad de España, y que termina sus siglas proclamándose español. Me preocupa su ambigüedad y su estudiada indefinición o inconcreción.

Es el momento de una visión magnánima, no entorpecida por flequillos asomados a los ojos, que sirvan de cortinilla para perpetrar dos asesinatos de magnitudes históricas. Y digo dos. No vaya a ser que ocurra, cambiando un poquito el dicho malagueño: «que, entre todos la maten, y ellas solas se mueran». Me refiero, claro está, a España y Cataluña.

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