La cortesía no está reñida con la discrepancia

Como siempre, escuchar al ministro Luis de Guindos resulta de singular interés, tanto por lo que dice como por lo que no dice o por los balones que echa fuera llegado el momento

ALBERTO MONTERO SOLERPORTAVOZ DE UNIDOS PODEMOS EN LA COMISIÓN DE ECONOMIA DEL CONGRESO Y DIPUTADO POR MALAGA

Este lunes hemos tenido la oportunidad de escuchar en Málaga al ministro de Economía, Industria y Competitividad, Luis de Guindos, hablar sobre su visión de la situación actual de la economía española.

Como siempre, escuchar a este ministro resulta de singular interés, tanto por lo que dice como por lo que no dice o por los balones que echa fuera llegado el momento, como ocurre con el tema de la liquidación del Banco Popular.

En cualquier caso, al terminar la intervención y a instancias de un pregunta desde el público, el ministro se refirió a mi persona y resaltó que en ocasiones estamos de acuerdo y que, es más, incluso podría llegar a apoyar algunas de sus propuestas.

No seré yo quien diga que no. Más que nada porque no me caracterizo por sostener posiciones dogmáticas sin fundamento y pudiera darse esa situación. De hecho, ésta ocurrió, aunque en sentido inverso, cuando el grupo parlamentario del Partido Popular votó a favor de una proposición no de ley que llevé en el pleno para promover la creación de una cuenta bancaria básica que permitiera luchar contra la exclusión financiera. En esa ocasión fue el ministro De Guindos, a través del grupo parlamentario popular, el que nos apoyó. Así que nada es descartable.

Sin embargo, no quisiera dejar de pasar la ocasión para aclarar un par de cuestiones.

La primera es básica y casi innecesaria, pero no por ello debe ser obviada: las decisiones sobre el sentido del voto de nuestro grupo parlamentario no las tomo yo sino que es producto de la reflexión política colectiva y, en tanto que portavoz de Economía, si bien es cierto que mi opinión es más cualificada, no por ello deja de ser una opinión más.

La segunda cuestión tiene más trasfondo y entronca directamente con el propio análisis del ministro sobre la economía española. Es ahí donde se sustancian de forma significativa nuestras diferencias y, aunque el talante ayuda a que el diálogo sea cordial, no por ello constituye un elemento que condicione nuestros respectivos análisis y posiciones políticas al respecto.

Así, aunque habría diversos elementos de su análisis sobre los que podría expresar discrepancia, quisiera centrarme sobre uno de ellos porque creo que es ahí donde se concentra el nudo gordiano de nuestras diferencias (más allá de que yo siga pensando de que prepararon un pelotazo para el Santander con la liquidación del Banco Popular y él lo niegue; el tiempo y la publicación del informe de la Junta de Resolución Única darán o quitarán razones).

El punto fundamental de disenso es, esencialmente, la quiebra del mecanismo de transmisión desde las elevadas tasas de crecimiento económico actuales, medidas a través del PIB, a las condiciones de vida de la población medidas a través de indicadores diversos como tasa de pobreza o riesgo de exclusión social y entre los que seguimos a la cabeza de Europa.

Ese mecanismo de transmisión es el proceso de negociación colectiva que, como es bien sabido, sufrió una reforma profunda en 2012, con su consiguiente correlato en términos de concentración de poder para la patronal y debilitamiento paralelo de la capacidad negociadora de los sindicatos.

Ahí entendemos, desde Podemos, que subyace la causa de que el crecimiento económico generado durante estos últimos años vaya de la mano de una serie de fenómenos que se compadecen mal con lo que una verdadera recuperación debería estar generando en términos de empleo: el hecho de que el tipo de contratación que predomine sea esencialmente temporal (los últimos datos de julio muestran que los nuevos contratos indefinidos apenas suponen el 8% del total); el que falte aún por recuperar el 60% del empleo destruido desde el inicio de la crisis; o el que, tal y como reconoce el propio Banco de España, estemos ante niveles escandalosos de subempleo, hasta el punto de que el problema de la falta de empleo, total o parcial, afecta al 30% de la población, son algunos de los efectos consolidados de esa reforma laboral.

Pero, además, los efectos de la reforma no se centran solo en la cantidad o el tipo de empleo que se está creando y que marcan una senda de difícil reversión sino que también inciden sobre el salario. En ese ámbito también el impacto es significativo y se traduce en contención salarial, pérdidas de poder adquisitivo aún sin recuperar e incremento de la brecha de género y generacional en términos de remuneraciones.

Creemos que, en tanto esto no se corrija, el crecimiento macro no permeará hacia el conjunto de la sociedad y, por lo tanto, será difícil que se produzca ningún apoyo a este gobierno desde nuestro grupo parlamentario. Yo creo que, a estas alturas, al ministro De Guindos eso le queda tan claro como que lo cortés no quita lo valiente.

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